Roma
ROMA, Roma, nombre famoso y único con el que fue llamada en todo tiempo y en toda nación la CIUDAD que fue siempre, bajo sus varios aspectos, reina del universo, y que, entre la inmensa muchedumbre de sus panegiristas, Ateneo no dudó en calificar con bella perífrasis de Orbis compendium; y vano resultó para algún soberbio emperador el designio de renovarle el título, pues o prevaleció el antiguo o bastó la genérica voz Urbs, sin otro añadido, para designarla por excelencia. Se alza Roma, ciudad metrópoli del culto católico, capital de los Estados de la Iglesia y cabeza de la comarca de su nombre, a la lat. N. (en el colegio Romano) de 41° 53’ 54” y a la long. E. (en el mismo punto) de 10° 9’ 32”. Se encuentra en el S. del Estado Eclesiástico, en ambas orillas del Tíber, a 5 leguas de la desembocadura de este río en el mar Tirreno, a 40 leguas al N.O. de Nápoles y a 250 leguas al S.E. de París. Residencia del Papa y sede del Sacro Colegio de los cardenales, tiene un tribunal supremo de casación, llamado de la Signatura, y dos tribunales de apelación, llamado uno tribunal de la Cámara apostólica y el otro tribunal de la Rota. – El Tíber, que corre del N. al S., divide Roma desigualmente, siendo la parte oriental, o situada a la izquierda del río, la más considerable. El circuito de la ciudad, marcado por una muralla, es de poco más de 5 l., y la longitud del recinto mide 1 legua 113, del N.O. al S.E., y la anchura máxima menos de 1 legua del N.E. al S.O. Las dos terceras partes de este espacio, al E. y al S., están ocupadas por viñas, campos de trigo y casas de recreo con sus jardines. De las siete colinas a la izquierda del Tíber sobre las que estaba edificada la antigua Roma, solo el monte Capitolino está cubierto de casas; los montes Quirinal, Viminal y Esquilino no lo están sino en parte, y los montes Palatino, Aventino y Celio permanecen casi desnudos. La masa de las viviendas está hoy encerrada entre el Tíber al O., el monte Quirinal al E., el monte Palatino al S. y el monte Pincio al N.E. La parte a la derecha del Tíber, apoyada sobre dos colinas, el Janículo al S. y el Vaticano al N., no ofrece más que dos grupos principales de casas, uno al N.O. y otro al S.E.; hay muchas tierras cultivadas en las partes altas de las colinas. – Las porciones mejor edificadas de la ciudad son el extremo N. de la división situada a la izquierda del río y el barrio del Borgo, en el N.O. de la división de la orilla derecha. Hay en general en Roma muchas casas soberbias honradas con el título de palacios; pero la mirada queda a veces desagradablemente ofendida por el contraste que forman con las mezquinas casuchas que las rodean; por otro lado, todos quedan sobrecogidos de maravilla y de una especie de respeto a la vista de los numerosos monumentos antiguos y modernos tan pintorescamente diseminados por aquellas colinas y por los valles, que, según la observación de un juicioso artista, parecen dispuestos para dar ocasión a la arquitectura de lucir cuanto tiene de más bello. Esta antigua reina del mundo tiene un aspecto grave, triste y casi fúnebre, y no retumba con el movimiento y el estrépito de una gran capital. – El Tíber, de curso rápido y aguas turbias, tiene en Roma una anchura media de 300 pies y forma en ella 2 curvas, la más septentrional vuelta al O. y la más meridional al E.; encierra la isla de San Bartolammeo y se cruza por 4 puentes: al N., el puente Sant’Angelo o Elio, de construcción moderna y elegante y coronado por estatuas de mármol, frente al castillo de Sant’Angelo; en medio, el puente Sisto; al S., los puentes Quattro-Capi o Fabricio y Cestio o San Bartolammeo, que unen la isla de este nombre con tierra firme. Se ven los restos de 3 puentes arruinados: el puente Vaticano al N., y los puentes Palatino o Rotto y Sublicio al S. Hay pocos muelles propiamente dichos. En la orilla derecha, hacia el S., se encuentra un puerto bastante largo que llaman puerto de Ripa-Grande, y en la orilla izquierda, en el N., se notan los puertos de la Legna y de Ripetta. – Las calles de Roma son en general bastante anchas, y en los barrios en que las hay estrechas e irregulares, el aire no está en absoluto viciado gracias a la poca altura de las viviendas; muchas son largas y rectas, y a menudo rematadas por un obelisco, una fuente o una iglesia. Las tres más notables parten, divergiendo, de la piazza del Popolo, situada en el extremo N. de la parte oriental de la ciudad: la strada di Ripetta se dirige al S.O., la strada del Babuino, continuada por la piazza di Spagna y la via de’ Due Macelli, al S.E., y la strada del Corso, al S.: es este el principal paseo de Roma y el teatro de los regocijos carnavalescos, y mide cerca de ¼ de l. de longitud. Entre las demás calles de la misma parte se distinguen la via Maggiore, continuada por la via San Lorenzo Pane e Perna; la strada de’ Condotti, que va de la strada del Corso a la piazza di Spagna; la via Giulia, que bordea la orilla izquierda del Tíber; y finalmente la larga vía que corre del N.O. al S.E. bajo los nombres de Sistina, via Felice y via delle Quattro-Fontane, y se prolonga, entre campos y viñas, hasta el extremo S.E. de Roma. En la parte a la derecha del Tíber se observa la via della Lungara, paralela al río, con el Borgo Pio y el Borgo Vittorio, que van del E. al O. en el N. del barrio del Borgo. Las casas de Roma son en parte de piedra, en parte de ladrillo, y a menudo revestidas de estuco; el mármol es en ella menos común que en las ciudades del N. de Italia. (...) – Y empezando por hablar, con el citado Castellano, de la Roma antigua y profana, el monte Palatino nos señala su cuna. En torno a este, donde se dice que existió antes un conjunto de casuchas llamado Pallantia, el fundador, sea Rómulo u otro jefe de gente allegadiza, trazó el humilde foso que constituía su recinto, poco a poco ensanchado cuando, tras la paz sabina, Tito Tacio compartió el reino, hasta incluir en él la cercana colina Saturnia, doble cuesta así llamada por la ciudad preexistente, una de cuyas cimas fue luego llamada Tarpeya (hoy Caprino) por la virgen despeñada, y ambas hechas después inmortales por el fausto presagio sacado de la cabeza humana desenterrada, por lo que se llama Capitolio, capitolium, y una parte del Aventino, todavía cubierto por el bosque sagrado donde el vuelo de las aves daba materia a los presagios augurales. Duplicando la destrucción de Alba Longa la naciente población, determinó a Tulo Hostilio a encerrar la colina llamada Querquetulana por sus espesos robles, y después Celio por un poderoso caudillo etrusco que la eligió como morada. Luego Anco Marcio, tras haber poblado con los vecinos vencidos el resto del Aventino, no por estrechez de lugar, sino para quitar a los enemigos una posición ventajosa desde la cual los romanos eran a menudo inquietados, ocupó una parte del Janículo, donde se cree que en remotos tiempos había reinado un Jano en otra ciudad llamada Antípolis. Así tuvo principio, cruzado el Tíber por medio del primer puente, formado de vigas ensambladas, llamado Sublicio y hecho memorable por hechos de armas, el barrio del Trastevere en suelo etrusco, y se vieron erigidos en las alturas los más antiguos baluartes romanos. Muy otro aumento requerían, sin embargo, la progresiva prosperidad y la creciente muchedumbre romana. Por ello Servio Tulio comprendió en el perímetro ampliado las dos colinas Quirinal y Viminal, cuya división, ya no aparente, trazaba la antigua puerta Collina, y desde allí pasó el rey a encerrar las Esquilias bifurcadas, la primera rama de las cuales llegaba desde el foro de Trajano hasta la puerta Esquilina, y la otra se extendía desde la moderna basílica Liberiana hasta la célebre vía Labicana, que separaba la doble colina Esquilina del Celio, y en el hueco entre las dos ramas se alzaba la eminencia de la Suburra. Tal fue la ciudad llamada entonces de las siete colinas, porque precisamente siete de ellas comprendían íntegramente las nuevas murallas torreadas, sin incluirse la parte amurallada del Janículo situada al otro lado del río. (...) La antigua Roma se dividía en catorce barrios que tomaban el nombre de la puerta Capena, de la Celimontana, del templo de Isis y Serapis Moneta, de la vía Sacra, de la Esquilina, de la Alta Semita, de la vía Lata, del foro Romano, del circo Flaminio, del monte Palatino, del circo Máximo, de la Piscina pública, del monte Aventino y del Trastevere. Una de las más fastuosas magnificencias de Roma era el Palatium, es decir, la morada de Augusto, a la que estaban unidos el templo de Apolo y la rica biblioteca palatina. Los sucesivos Césares embellecieron y ampliaron a porfía este palacio suyo, pero el mayor fasto lo desplegó el emperador Nerón, de quien recibió el título de Casa Áurea. Su estatua colosal de mármol decoraba el vestíbulo: tres mil columnas sostenían el gran pórtico, y en las innumerables estancias se veían profusamente prodigados las esculturas, los metales y las gemas. Los jardines, los baños y un estanque, todo ello ceñido en su interior de bellas construcciones, variaban su alegre aspecto; ni bastó el solo Palatino a tan gran mole, pues, entrando en ella desde la vía Sacra, se recorría toda la llanura intermedia entre el Celio y el Esquilino, con parte además de esta última colina, al haberse unido a ella los huertos de Mecenas. La circunscribieron después de nuevo al Palatino los emperadores que siguieron, y de las construcciones destruidas fuera de aquel límite se sirvieron Vespasiano y Tito para erigir las Termas, el Coliseo y otros monumentos públicos. De tanta grandeza apenas queda el recuerdo, pues la hiedra y el musgo cubren aquellas ruinas abandonadas, y muchas de ellas las encierran los cercanos huertos Farnesianos, la villa Spada, hoy poseída por el inglés Mills, y el contiguo jardín del colegio inglés, de modo que puede decirse que el área primitiva de la ciudad está ahora totalmente desierta. Se contaban en Roma 17 foros, y entre ellos se distinguían por amplitud y concurrencia el foro Romano, el Boario y el de Trajano; 29 eran las vías principales, cuya comodidad y solidez todavía se admiran en muchos restos, y especialmente notables fueron la Apia, la Flaminia, la Casia, la Aurelia, la Tiburtina, la Prenestina, la Ostiense y la Nomentana; 36 los arcos de triunfo, en su mayoría construidos en mármol con apreciables labores de cincel; 11 las basílicas donde se administraba justicia, y famosa entre todas era la Ulpia, también por su copiosa biblioteca; 133 los templos consagrados a la fantástica e innumerable caterva de dioses traída de Grecia, y los principales erigidos a Júpiter, entre ellos el admirable Panteón de Agripa, a Venus, a Marte, a Jano y a Juno bajo varias advocaciones, y dos a la Fortuna, además de muchas aras y un gran número de las que se llamaban Aedes sacrae y Aediculae; 9 circos, a saber, el circo Máximo entre el Palatino y el Aventino, el circo Flaminio al N.O. del Capitolio, el famoso circo Agonal o de Alejandro, el circo Pinciano de Salustio, el de Flora en la actual piazza Barberina, el de Heliogábalo sobre las murallas del Celio, el otro de Caracalla en la vía Apia exterior y, fuera de la ciudad, al otro lado del Tíber, los circos de Adriano y de Nerón; 3 anfiteatros, a saber, el incomparable de Flavio Vespasiano, sobre el antiguo estanque y los jardines neronianos, que por el traslado allí del coloso de aquel emperador, sacado de su Casa Áurea, se llamó Coliseo, el Castrense, próximo a los huertos Varianos, y el de Estatilio Tauro, cuyas ruinas formaron la eminencia hoy llamada Monte-Citorio; 6 obeliscos, además de las dos famosas columnas cocleadas y otras menores; diversas naumaquias para los combates navales, señalándose como principales las de Augusto, de Nerón y de Domiciano; los teatros de Pompeyo y de Marcelo; los mausoleos de Adriano y de Augusto, construidos con increíble magnificencia en las dos orillas del Tíber, en el extremo boreal de la ciudad; los sepulcros de Rómulo, de Numa, de Cayo Castio y de los Escipiones; los muchísimos y grandiosos acueductos y los amplios depósitos (Castellum) de las aguas Marcia, Julia y Tépula. (...)
Y en primer lugar hablaremos de las termas, cuya vastedad era tanta, y tan grandes el lujo y el esplendor, que Amiano Marcelino, atónito, llegó a definirlas: Lavacra in modum provinciarum extructa (Baños construidos a manera de provincias). Se llegaron a contar hasta doce: (...) edificios inmensos destinados al baño y a los ejercicios gimnásticos. La primera parte contenía en su recinto los locales para el baño caliente, tibio o frío, y hasta 3,200 personas podían bañarse a la vez en las de Diocleciano. Había además estancias para exponerse a la diversa temperatura del aire, desde el cielo abierto gradualmente hasta el sudatorio, loconicum; luego los lugares para dejar las ropas y, finalmente, las celdas de los ungüentos. Preciosas eran las decoraciones de la segunda parte, donde se encontraba todo cuanto pudiera recrear el espíritu: avenidas adornadas de árboles para deliciosos paseos, estadios para los espectáculos y juegos, bibliotecas, museos, salas de declamación. Para tener una idea de la abundancia de columnas, esculturas, mármoles y otros exquisitos ornamentos allí prodigados, baste decir que con los restos desenterrados de una sola de estas, más palacios que termas, se embellecen con creces muchísimos edificios modernos; y en cuanto a la grandeza, las termas de Caracalla y de Diocleciano superan, en su circunferencia, los 4,200 pies. (...)
A la izquierda del Tíber se encuentra Roma propiamente dicha, y lindan con dicho río, al N., sus baluartes, que tienen por ese lado tres puertas: la primera, llamada del Popolo, correspondiente a la Flaminia, la segunda, Salara, la tercera, Pia; al E. dan acceso las tres de San Lorenzo, Maggiore y San Giovanni; al S., las dos de San Sebastiano y San Paolo, y no lejos de la última la muralla alcanza la orilla del Tíber al pie meridional del Testaccio. La parte derecha del río comprende el barrio del Trastevere, prolongado hasta el comienzo de la ciudad Leonina por medio de la via Lungara, que desde el arco abierto de la puerta Settimiana lleva al de la puerta Santo-Spirito. En el lado S.O. comienza la muralla que cierra su circuito, interrumpida por dos puertas, a saber, la Portese y la de San Pancrazio; prosigue luego ensanchándose mucho hacia el O. y termina con las fortificaciones del castillo de Sant’Angelo, situadas al N.O. sobre el mismo Tíber; en este flanco, quien recorre el pomerio ve la huella de las otras dos puertas intermedias, tapiadas en diversas épocas. El perímetro es, como dijimos, de unas 5 leguas; pero la parte habitada, que está toda al N.O. en la llanura adyacente al río, no excede de 2 leguas, encontrándose en el resto grandiosas villas, elegantes jardines y mucho terreno dedicado a la horticultura y a los viñedos. El gradual e insensible hundimiento de las colinas, las frecuentes ruinas de los edificios y otras causas semejantes surgidas en el largo curso de los siglos han elevado el nivel de la Roma moderna (que se encuentra ahora a una altura media de sesenta pies de París sobre el nivel del mar), como se observa en las continuas excavaciones practicadas para hallar a cierta profundidad las calles, los pavimentos y las basas de las columnas. (...)
Conserva la Roma moderna la misma división en catorce partes que efectuó el emperador Augusto, no habiendo cambiado de ella más que los nombres y los límites. Se llaman Rioni, y se denominan en el orden siguiente: Monti, Trevi, Colonna, Campo-Marzo, Ponte, Parione, Regola, Santo-Eustachio, Pigna, Campitelli, Santo-Angelo, todos a la izquierda del río, encontrándose a la derecha los otros tres de Ripa, Trastevere y Borgo, en el último de los cuales está comprendida toda la ciudad Leonina. (...)
Se abre en círculo una vastísima plaza, y al lado de la puerta, a la izquierda de quien entra, se alza la iglesia de Santa Maria del Popolo, de la que tomó nombre todo el barrio, que encierra en su interior, entre mil ricos ornamentos, las capillas Ghigi y Cibo, ricas en mármoles, metales, esculturas y pinturas, con un convento contiguo de ermitaños de San Agustín, viéndose también en ella bellos sepulcros del siglo XI. A este edificio hace grata simetría, en el lado opuesto, un amplio y decoroso cuartel recién construido, al que está anexa la sala destinada a la exposición pública de las obras elogiadas de jóvenes artistas. Dos hemiciclos, adornados con esfinges de mármol, describen la periferia de este foro, y en sus extremos se alzan las cuatro estaciones, esculpidas con pericia de arte por ingeniosos alumnos. Se eleva en el centro el obelisco egipcio de 108 palmos de altura, apreciable no menos por su materia de granito rojo que por los jeroglíficos de que está cubierto, el cual lleva las huellas, ya no dudosas, de la primera época de los faraones y, después de haber embellecido Heliópolis, donde se alzaba consagrado al Sol, y luego el circo Máximo en tiempos de Augusto, fue desenterrado de aquellas ruinas en el reinado de Sixto V y colocado aquí para brillar de nuevo; le sirve de base un pedestal de 37 palmos y se alzan sobre él cuatro leones que arrojan abundante agua en pilas situadas debajo: nuevos y espléndidos ornamentos que se terminaron en estos días. Enfrente se abren las tres principales calles rectilíneas: la del Corso en medio, la de Ripetta a la derecha y a la izquierda la del Babbuino. Dos majestuosos templos de frontispicios iguales y adornados con elevada cúpula, dedicados a la Santísima Virgen bajo las advocaciones de Monte-Santo y de los Milagros, al dividir las tres calles, sirven para realzar su perspectiva. (...)
Plaza principal es la que hoy se llama Navona, y que fue antes un circo próximo a las antiguas termas Alejandrinas, llamado después Agonal, por haberse construido sobre sus graderías los edificios que la rodean. Se distingue por su extraordinaria amplitud, que sirve al bello espectáculo de los mercados semanales, y por las cuatro fuentes que encierra. Por encima de las dos que también tienen el mérito de sus pilas de mármol, y de la tercera, llamada del Moro y restaurada en 1819, que se precia de la figura del Tritón esculpida por Bernini, se admira incomparablemente la gran fuente situada en el centro bajo los auspicios de Inocencio X. Se alza en medio de una amplia pila un agreste peñasco, de 60 palmos de altura, que por aberturas laterales vierte las aguas en abundancia. Sobre él, en una base de granito de 23 palmos de altura, decorada con las gigantescas estatuas del Danubio, del Ganges, del Nilo y del Plata, se eleva un obelisco egipcio rojo de la época de los Ptolomeos, de 72 palmos de altura y todo cubierto de jeroglíficos. Con el agua de esta fuente se llena hasta cierto punto la plaza, hecha adrede cóncava en el centro, para dar en las horas de la tarde del verano alivio a los grandes calores y el espectáculo de numerosos coches que chapotean en ella. – Pero de fuentes y de agujas no tiene Roma penuria por ningún lado, pues el pontífice Pablo V, émulo de las colosales empresas de los emperadores romanos, condujo desde Bracciano, a 14 leguas de distancia, las aguas del lago Sabatino hasta la cima del Janículo, restaurando los acueductos de Trajano y añadiéndoles otros nuevos según la necesidad; y bello es el frente, adornado con cinco columnas de granito rojo y con la inscripción correspondiente, desde donde el agua desciende precipitada por tres vastísimas bocas y dos menores a la pila inferior, con la que no solo se alimentan todas las fuentes del Trastevere y de la ciudad Leonina, sino que se mueven fábricas anexas de papel y de hierro, así como diversos molinos. De la célebre Acqua Vergine, traída a Roma desde unas 6 leguas de distancia por conductos subterráneos por obra de Marco Agripa, sacó Nicolás V el ramal mayor hasta el Trivio, donde está ahora la gran fuente llamada por ello de Trevi, y no por algún pueblo de este nombre, como el vulgo supone erróneamente. A los dos Clementes XII y XIII se debe el ornato de la estatua colosal del Océano sobre un gran carro de conchas que guían tritones sentados sobre caballos marinos, rodeada de esculturas y bajorrelieves menores, entre los que se destaca Agripa a un lado y al otro la Virgen que, señalando el manantial a un soldado, dio indeleblemente su nombre a las copiosas aguas que se ven brotar entre escollos y despeñaderos en bella y caprichosa forma. El nombre primitivo de Sixto V fue igualmente eternizado por la fuente que, no lejos de las termas de Diocleciano, arroja el Acqua Felice, traída desde los manantiales alejandrinos por nuevos conductos construidos en gran parte sobre los viejos de la Marcia y de la Claudia, y que se llama vulgarmente de Moisés por una estatua de aquel caudillo que domina los bajorrelieves laterales de Aarón y Gedeón. Ni, entre las demás fuentes, debe omitirse la que Pablo V abrió a la cabeza de la bella calle llamada Giulia por el pontífice Julio II, la cual, cerca de la orilla izquierda del río, conduce en línea recta desde el puente Sisto hasta el puente Sant’Angelo; ni la otra, llamada del Tritón por la figura que en ella está esculpida, que se alza en la piazza Barberini. Pero cada una de las plazas, aun las menores, y cada calle rebosan de graciosas fuentes, que por sí solas bastarían para adornar cualquier ciudad ilustre, siendo además tal la abundancia de las aguas que en la mayor parte de las casas y de los talleres se conducen para los usos cotidianos sin necesidad de ir a sacarlas. – La piazza Colonna es la más céntrica, y aquella en la que el pueblo se reúne con más frecuencia, pues se abre casi a mitad del Corso. Es también la más regular, ya que, salvo una pequeñísima parte del ángulo S.O., solo cuatro palacios cierran su cuadrado. Y bien conviene tal ornato a la columna que se llama Antonina por haber sido erigida en honor de Marco Aurelio Antonino en el foro de Antonino Pío, del cual formaba parte la plaza actual. El basamento del pedestal se adentra bajo tierra dieciséis palmos y, comprendido este, la altura total mide 217 pies. La componen 28 piezas de mármol blanco y está toda ella historiada con bajorrelieves en los que están representadas las victorias de Marco Aurelio, a cuya estatua, situada en la cima, Sixto V sustituyó la del Apóstol de los gentiles. Una escalera interior de 190 peldaños, iluminada por 41 troneras y excavada en caracol en el propio mármol, sirve para subir a ella sin fatiga. También la plaza de la Columna Trajana, poco después del final del Corso, abierta al pie del Quirinal, el cual tuvo que ser cortado por aquel emperador a considerable altura para la formación de su magnífico Foro, que encerraba la gran basílica Ulpia y las bibliotecas Ulpias griega y latina, se encuentra en tiempos modernos adornada por dos iglesias con cúpulas no muy diferentes que le forman fachada al N.O.
La gran Columna se compone de 34 piezas de mármol blanco, 23 de las cuales para la columna propiamente dicha, y se eleva a 193 palmos y medio, que corresponden a 132 pies de París, con un diámetro inferior de 11 pies 2 pulgadas y, cerca del capitel, de 10 pies. Las victorias de Trajano, que se dice está allí sepultado, están esculpidas magistralmente en bajorrelieve en una espiral que gira 23 veces alrededor y contiene más de 2,500 figuras humanas y muchísimos otros objetos relacionados. La escalera interior de caracol de 185 peldaños, iluminada por 43 troneras, conduce a una barandilla de hierro donde la estatua del príncipe de los apóstoles fue colocada por Sixto V en lugar de la de Trajano, que antaño se alzaba allí en bronce dorado. También la plaza de Monte Citorio ha recibido del pontífice Pío VI el preclaro embellecimiento del obelisco solar, de 130 palmos y 112 de altura, coronado por el globo de bronce, de la primera época de los faraones, erigido por Sesostris en Heliópolis y luego por el emperador Augusto, que lo trasladó y lo erigió en el Campo de Marte, donde sirvió de gnomon; pero, habiéndose roto después, fue excavado de las ruinas en 1748 por iniciativa de Benedicto XIV. Entre las más notables se señala también la plaza que, por la residencia del embajador de S.M. Católica, toma el nombre de piazza di Spagna. La elegancia de los palacios y de los muchos suntuosos hoteles que la rodean, la caprichosa fuente de Urbano VIII, construida en forma de barca y llamada por ello la Barcaccia, y sobre todo la grandiosa escalinata que conduce al templo de la Trinità de’ Monti, alzado sobre el Pincio, desde donde se goza de una bella vista sobre casi toda la ciudad, y la calle recta llamada de’ Condotti, que desde allí lleva hasta el Tíber, con la otra del Babbuino, lateral, hacia la piazza del Popolo, le dan un aspecto tan alegre que nada lo iguala, especialmente cuando en los días invernales la doran y la entibian los rayos del sol naciente. Otras dos agujas egipcias, sacadas del antiguo templo de Isis y Serapis y adornadas con jeroglíficos, pero de poca altura, pasaron a embellecer, la primera, la fuente situada en la remozada piazza della Rotonda, y la otra, sobre el lomo de un elefante de mármol, la piazza della Minerva. – Pero la Roma moderna adquiere su mayor gloria, y tal que no halla parangón en ninguna otra ciudad del mundo, de la venerable majestad de sus numerosos templos. Y aquí, echando una mirada a las bellas restauraciones con que los pontífices Nicolás V y los dos Clementes VII y IX adornaron de esculturas el puente Elio, hoy llamado Ponte-Santo-Angelo, nos es forzoso dirigirnos a admirar el milagro de la arquitectura moderna, la sorprendente basílica Vaticana. Todo cuanto en ella se descubre atestigua el más magnífico esplendor, y faltan palabras para pintar sus bellezas, aunque sea en esbozo. Tres grandes plazas preceden a la escalinata del templo, las cuales se extienden en conjunto a lo largo de 1561 palmos romanos. Es casi cuadrada la primera, que lleva el nombre de Rusticucci, y la han adornado recientemente modernos y elegantes edificios, como convenía al primer umbral de la augusta mole. Y desde ella puede la mirada detenerse a contemplar la segunda, de figura oval y ceñida por una soberbísima columnata dividida en dos hemiciclos, donde se cuentan 284 gruesas columnas de travertino dispuestas en cuatro órdenes tan bien que, miradas desde un punto de la plaza, presentan un solo orden, quedando los tres posteriores del todo invisibles. Corona el pórtico una balaustrada, y sobre ella están graciosamente colocadas 192 estatuas de 14 palmos de altura. Obra tan grande honra igualmente al pontífice Alejandro VII, que la encargó, y al caballero Bernini, que supo ejecutarla tan cumplidamente. El obelisco que en el centro erigió, hacia 1586, Sixto V, aunque es de la tercera época, es decir, hecho en Egipto por los romanos a imitación de los antiguos, tiene el mérito de ser la única admirable pieza de granito rojo que ha permanecido intacta tras el curso de tantos siglos: de 113 palmos de altura, sin el pedestal y la cruz que lo corona, lo trasladó Calígula a Roma y lo erigió en su circo en medio del Campo Vaccino, de donde lo retiró Sixto. Dos fuentes perennes e iguales lanzan a la altura de 14 palmos copiosos chorros del agua de Bracciano bajada del Janículo, que cae primero en pilas redondas de granito oriental de una sola pieza y luego en otras mayores de travertino. Dos corredores cubiertos a los lados de la tercera plaza, decorados por fuera con pilastras y estatuas colosales, conducen al vestíbulo de la basílica, mientras en el centro las dos estatuas de los príncipes de los Apóstoles señalan el comienzo de los escalones de mármol, en tres tramos, que conducen al pie de la fachada, última obra que, sobre un diseño propio no muy feliz, hizo allí el arquitecto Maderno bajo el pontificado de Pablo V. Tras el vasto pórtico interior, desde donde se ven en los vestíbulos laterales las estatuas de Constantino y de Carlomagno, cinco grandes puertas abren el ingreso al santuario, y una de ellas, que se ve cerrada, es la que el pontífice abre solemnemente cada veinticinco años, destinados al Jubileo universal, y se llama Puerta Santa. (...)
Su forma es de cruz latina de tres naves. Los mármoles, las esculturas, las pinturas, los mosaicos y los dorados rebosan por todas partes, y cada capilla reúne tal abundancia de decoración que bastaría para cualquier otra iglesia hermosa. Al fondo de la tribuna se alza, sobre un altar de mármol, la cátedra de san Pedro, majestuosamente adornada por encima y sostenida por cuatro doctores, dos latinos, Ambrosio y Agustín, y dos griegos, Atanasio y Juan Crisóstomo, en figuras colosales; y toda esta enorme mole de bronce dorado, material del que se emplearon 219.000 libras sacadas del Panteón, es obra clásica de Bernini y encierra la silla de san Pedro, usada después largo tiempo por sus humildes sucesores de los primeros siglos. En medio del crucero se alza el altar mayor, reservado a la celebración de los pontificales solemnes y cubierto por un gran baldaquino que sostienen cuatro columnas salomónicas, obra toda ella de bronce que honra igualmente al propio Bernini. Y delante de él se halla el descenso a la tumba, llamado Confesión de san Pedro, y a las grutas vaticanas, por los huesos de mártires allí reunidos, tenidos en tanta veneración que, para conservarlos mejor, se elevó el pavimento 16 palmos. Aquí ideó el famoso Bramante erigir la mayor cúpula del universo, y a tal fin construyó los cuatro enormes pilares; pero no pudo ir más allá, pues la muerte se le adelantó, sin que por ello faltara después de él la audacia del inmortal Miguel Ángel. (...)
En la cima del Celio está la constantiniana basílica Lateranense, dedicada a los dos Juanes, el Precursor y el Evangelista, primera iglesia del mundo católico, llamada por ello Urbis et Orbis Mater et Caput, donde el pontífice suele tomar solemne posesión de la dignidad suprema. El antiguo templo, con el palacio anejo, fue destruido por un incendio a comienzos del siglo XIV, mientras Clemente V residía en Aviñón; pero este reunió al instante las limosnas de los fieles para reedificarlo, y los pontífices sucesivos rivalizaron en prodigarle adornos, a los que dieron el mayor realce Pío IV y Clemente XII: aquel, con la fachada lateral, coronada por dos campanarios, y con el pórtico inferior, donde se alza la estatua de metal del rey de Francia Enrique IV; y el otro, con la fachada principal, en cuya cima, sobre una amplia balaustrada, se elevan diez grandes estatuas de santos, con la del Salvador en medio. La gran puerta de bronce, que es la central de las cinco, fue traída de la basílica Emilia, y junto a ella se ve todavía tapiada la Puerta Santa. La iglesia se divide en cinco naves, y entre los pilares, en los que quedaron revestidas las antiguas columnas, se encuentran en otros tantos nichos las estatuas de los doce apóstoles. Se admiran por su rareza las dos columnas de giallo antico que sostienen el órgano, y la preciosidad de sus piedras hace muy apreciable el tabernáculo de la capilla del Sacramento. La otra, en el centro, es venerable por conservarse en ella las sagradas cabezas de los príncipes de los Apóstoles; y la del Salvador, al fondo de la tribuna, es rica en estupendos mosaicos. La capilla de la principesca familia Corsini se distingue por la abundancia de mármoles escogidos y por sus magistrales esculturas; está dedicada a san Andrés Corsini y encierra los sepulcros del papa Clemente XII y del cardenal Neri Corsini, pariente suyo, en el primero de los cuales la estatua en bronce del pontífice recibe realce de la urna, cuya base se ve sostenida por dos columnas de finísimo pórfido. También el sepulcro de Martín V, en medio de la gran nave del templo, es un hermoso trabajo de bronce. Contigua está la iglesia de San Giovanni in Fonte, que sirve de suntuoso baptisterio y tiene una pila de basalto con adornos de bronce dorado; hay además excelentes frescos, columnas de mármol y de pórfido y dos capillas hermosísimas. Cerca de la basílica, donde se extendía lateralmente el antiguo palacio lateranense, pudieron salvarse del gran incendio la capilla y el cenáculo de León III, que se llama Sancta Sanctorum por la cantidad de reliquias que aquel papa depositó en ella. Sixto V la decoró con un noble pórtico y, en medio de las cuatro escaleras dispuestas para subir a ella, colocó la escalera del pretorio de Pilato, trasladada a Roma desde Jerusalén, que se venera con el nombre de Scala Santa. – La basílica Liberiana, en la cima Cispia del Esquilino, tuvo origen en la nieve prodigiosa que, caída allí el día 5 de agosto del 352, trazó su perímetro, y hoy se llama de Santa Maria Maggiore, por ser la mayor de las 26 iglesias de Roma consagradas a la madre del Salvador. La estatua de Felipe IV, rey de España, aclamado como su benefactor, alzada en bronce, adorna con buen gusto su logia. Está también aquí, entre las cinco puertas, la santa, ordinariamente cerrada. Las tres naves están divididas por treinta y seis hermosas columnas de mármol blanco, y hay cuatro de granito junto al altar mayor, que está formado por una urna de pórfido, como de pórfido son también las cuatro columnas que sostienen el baldaquino. También en la capilla del Crucifijo, rica en insignes reliquias, entre ellas la cuna del Redentor, se prodigan las columnas y las pilastras de aquella piedra preciosa. Al pontífice san Sixto III se debe principalmente la espléndida forma del templo, y Sixto V adornó la capilla del Sacramento, donde tiene a la derecha su magnífico sepulcro, mientras a la izquierda se alza el venerable de san Pío V. Enfrente está la suntuosa capilla de la familia Borghese, donde para adornar la imagen de María concurren jaspes orientales, ágatas, lapislázulis y otras piedras preciosas. Se encuentran en ella los sepulcros de Paulo V y de Clemente VIII; los de Clemente IX y de Nicolás IV se hallan a ambos lados de la entrada principal. Una obra maestra puede llamarse igualmente la pila bautismal que León XII quiso renovar, sobre la cual varias estatuas de metal dorado expresan el santo misterio, y una enorme taza de pórfido recibe las aguas. Delante hay una plaza, donde se alza la columna estriada de mármol sacada en gran parte de la basílica romana que hoy se llama de Constantino, vulgarmente templo de la Paz, y coronada por una imagen esculpida de la Virgen María. También la fachada lateral tiene gran mérito, y en ella se eleva un obelisco egipcio que el pontífice Sixto V hizo trasladar desde el mausoleo de Augusto.(...)
– Largo sería solo mencionar una a una las muchísimas iglesias de Roma, a ninguna de las cuales falta algún adorno singular. Las principales, sin embargo, cuyo nombre sería una injuria omitir, son las siguientes: Sant’Agostino, donde se ven varias pinturas y una prodigiosa imagen de la Virgen, sustraída de Constantinopla durante la ocupación musulmana: en una capilla de esta iglesia yace el cuerpo de santa Mónica, madre de san Agustín, trasladado desde Ostia, donde fue hallado bajo Martín V: el templo está cubierto por la cúpula más antigua que se haya construido en Roma y lo sirven los ermitaños agustinos. Sant’Andrea della Valle, dotada de una de las mejores fachadas de travertino y de una bellísima cúpula, y dispuesta en tres naves, con apreciables cuadros en las capillas principales y varios frescos del Domenichino: la ofician los clérigos regulares teatinos: cerca de aquí estaban la Curia y el teatro de Pompeyo Magno, ante cuya estatua fue apuñalado César el 15 de marzo del año 44 antes de la era vulgar. Santi Apostoli, hermoso templo de tres naves que encierra el sepulcro del último condestable Colonna, obra de Pozzi, y dos insignes trabajos de Canova, a saber, el mausoleo de Clemente XIV, sobre la puerta de la sacristía, y en el atrio el del celebérrimo grabador Giovanni Volpato: residen en él los frailes menores conventuales, y el duque Giovanni Torlonia la decoró con una fachada moderna que coronan diversas estatuas. El Aracoeli, llamada primero Santa Maria de Capitolio, dividida en tres naves por 22 columnas de granito, con hermosos cuadros y muchos sepulcros de la familia Savelli: está bajo la custodia de los frailes menores observantes: el templo de Júpiter Capitolino, el más suntuoso de la antigua Roma, se hallaba en esta misma cima, a la que se sube por una espaciosa escalinata de 124 peldaños. Santa Bibiana, donde Bernini se afanó en embellecer la fachada y en esculpir la estatua de la santa colocada en el altar mayor, y en la que hay buenos frescos y 8 apreciables columnas. La Santissima Concezione, templo erigido por el cardenal Francesco Barberini, capuchino, en beneficio de sus hermanos de religión, que están establecidos en él; sencillo de ornato, sus cuadros son fruto de pinceles habilísimos. San Carlo al Corso, iglesia de la nación lombarda, en la que la cúpula, la fachada y la capilla de la Concepción son magníficas. – San Carlo ai Catinari, edificada a principios del siglo XVII por el cardenal Leni, se precia de una prodigiosa cúpula, una hermosa fachada y varias pinturas: pertenece a los clérigos regulares de san Pablo, llamados barnabitas, y en ella se ven los monumentos de los cardenales Gedil y Fontana, honra de aquella congregación. Santa Cecilia, en posesión de las monjas benedictinas, edificada en el lugar donde estaba su casa, a principios del siglo III, y restaurada en el IX por Pascual I: el baldaquino de mármol del altar principal, el rico sepulcro del cuerpo de la santa, adornado de piedras preciosas y de escultura apropiada, los antiguos mosaicos y el laconicum, o cámara sudatoria, venerado por haber sufrido ella allí el martirio, constituyen su mayor gloria. San Clemente, antiquísimo templo, en el que reposan los cuerpos del sucesor de san Pedro y de Ignacio, mártir de Antioquía, y donde, junto al altar central, se ve el hermoso sepulcro de mármol del cardenal Roverella. Santa Croce in Gerusalemme, una de las 7 basílicas, llamada la Sesoriana, construida en los Huertos Varianos de Heliogábalo y renovada por Benedicto XIV: aquí una urna colocada al pie del altar principal contiene los cuerpos de los santos mártires Cesáreo y Anastasio: bajando algunos escalones se entra en la capilla de santa Elena, que, depositando en ella gran parte de la Cruz, le dio su nombre actual: residen en ella los monjes de la orden cisterciense. El Gesù, que es la casa profesa, Sant’Ignazio o Colegio Romano y Sant’Andrea a Monte Cavallo para el noviciado son las tres magníficas iglesias de la Compañía de Jesús: la primera la erigió el cardenal Alessandro Farnese con arquitectura de Vignola, y sobremanera espléndida es la capilla derecha del crucero, consagrada a san Francisco Javier; pero superior a toda comparación es la de enfrente, dedicada al santo fundador, cuyos preciosos restos guarda en una urna de bronce enjoyada, y construida por el célebre artista Pozzi, miembro de la Compañía; la adornan los mármoles más finos y las piedras más raras, entre las que se ve un globo, figura del mundo, de una sola pieza de lapislázuli, del que no se conoce otro mayor; se observa también en este templo el célebre sepulcro del cardenal Belarmino: la segunda fue edificada por el cardenal Ludovico Ludovisi con los diseños del Domenichino refundidos por el jesuita Grossi y con fachada de Algardi; las dos capillas del crucero son soberbias y uniformes, y en la derecha se ve el excelente bajorrelieve que representa a san Luis Gonzaga, cuyo cuerpo se venera allí; grandioso es el mausoleo de Gregorio XV, situado junto a la puerta lateral: la tercera, por último, la levantó el príncipe don Camillo Pamfili, sobrino de Inocencio X, con diseño de Bernini, y está toda revestida en su interior de buenos mármoles, en forma oval: sobresale en extremo la capilla dedicada a san Estanislao de Kostka, cuyo cuadro pintó el famoso Maratta, y una preciosa urna de lapislázuli guarda sus restos mortales. San Gregorio, iglesia erigida sobre las ruinas de la casa Anicia, a la que pertenecía aquel gran pontífice, y servida por los monjes camaldulenses. San Lorenzo in Damaso, célebre por la antigüedad de su cabildo y por el mausoleo de Annibal Caro. San Luigi, templo de la nación francesa, decorado con hermosas pinturas de valentísimos artistas. Santa Maria dell’Anima, erigida por la nación alemana, rica en mármoles y pinturas, con los sepulcros de Adriano VI, del cardenal Andrés de Austria, del duque de Cléveris y de Lucas Holstenius. Santa Maria degli Angeli, que es la sala de las termas de Diocleciano convertida en majestuoso templo por Miguel Ángel y restaurada por Vanvitelli; admirables son sus 8 columnas de granito, de 62 palmos de alto y 23 de perímetro: en el vestíbulo redondo, que sirve de entrada, están los sepulcros de los cardenales Paolo Parisio y Francesco Alciati y de los artistas Carlo Maratta y Salvator Rosa; residen en ella los monjes cartujos, que tienen a su cuidado la meridiana del pavimento de mármol trazada por monseñor Bianchini a principios del siglo XVIII. Santa Maria in Cosmedin, llamada la Bocca della Verità por un mascarón esculpido en el pórtico, fue antes un templo pagano de Ceres y Proserpina, convertido en iglesia ya desde el 772 por obra de san Adriano I; se admiran en ella las hermosas columnas de mármol, el pavimento de piedras duras y el altar mayor de granito rojo con columnas iguales que sostienen el baldaquino; la imagen que se venera con gran devoción fue traída de Grecia. En iglesia de Santa Maria del Sole se transformó también el vecino templo de Vesta mencionado en los regionarios, revestido de buenos mármoles, y a la bienaventurada Virgen fue dedicado asimismo el antiquísimo templo erigido antaño por Servio Tulio a la Fortuna Viril. Santa Maria sopra Minerva, que puede llamarse un museo de excelentes pinturas: las mejores capillas son las de los Aldobrandini, los Caraffa y los Altieri: se ven en ella los mausoleos de los pontífices León X, Clemente VII, Paulo IV y Benedicto XIII, así como los de Pirro Ligorio, del pintor beato Giannangelo da Fiesole, del arqueólogo Raffaele Fabretti y de Paolo Manuzio, hijo de Aldo, y las inscripciones en loor de los cardenales Casanti y Mamachi, muy beneméritos de aquel templo y de las letras: de las monjas de Campo Marzio pasó esta iglesia, bajo Gregorio XI, a la orden de Predicadores. Santa Maria in Domnica, o della Navicella, construida sobre la casa de la matrona Ciriaca, encierra 18 columnas de granito y 2 de pórfido, con pinturas dignas de atención. Santa Maria della Pace, levantada desde los cimientos por iniciativa de Sixto IV tras alcanzarse la concordia de la cristiandad: la fachada tiene un pórtico semicircular de muy buen gusto, como lo es también la cúpula octogonal; tiene muchos cuadros hermosos, un bajorrelieve de bronce y algunos frescos incomparables de Rafael: después de haber sido servida por los canónigos regulares lateranenses y luego por los dominicos irlandeses, lo es ahora por una congregación de sacerdotes seculares, que practican en ella con mucha ejemplaridad devotos ejercicios. Santa Maria della Vittoria, donada por Paulo V a los carmelitas descalzos, encierra en el altar mayor una enjoyada imagen de la bienaventurada Virgen, a cuya intercesión se atribuyeron varias victorias obtenidas por los católicos contra los otomanos: obra maestra de Bernini es el grupo de santa Teresa en el acto de ser traspasada por un ángel, y entre las muchas pinturas hay dos cuadros del Guercino y de Guido. San Martino, iglesia construida por el papa san Símaco, adornada luego con profusión de mármoles y dividida en tres naves por 24 columnas antiguas, con elegantes paisajes de Gaspar Poussin: en un altar subterráneo están los cuerpos de los santos papas Silvestre y Martín, y de allí se pasa a un vetusto templo inferior, que se dice erigido por san Silvestre: la ofician los carmelitas calzados. Santa Maria in Vallicella, llamada la Chiesa Nuova, edificada por san Felipe Neri bajo los auspicios de Gregorio XIII y del cardenal Cesi: magnífica es la fachada; los frescos adornan la bóveda, la cúpula y la tribuna; los mármoles, las pinturas y los estucos dorados decoran todas sus partes, mientras piedras preciosas añaden ornato a la capilla del santo apóstol de Roma y fundador de la Congregación del Oratorio allí establecida, cuyos sagrados restos se veneran en ella, y el cuadro en mosaico está sacado del original de Guido conservado en las estancias que habitó el santo: anejo está el Oratorio, al que no faltan adornos peculiares, y es singular su bóveda plana, de 83 palmos de largo y 53 de ancho. Sant’Onofrio, iglesia en el Janículo, servida por los ermitaños de la congregación de san Jerónimo, se gloría de haber conservado las cenizas de Torcuato Tasso, a las que los italianos están a punto de dar honrosa reparación por el descuido de sus antepasados erigiéndoles un espléndido monumento: también está sepultado en ella el poeta lírico Alessandro Guidi. Venerable por la cadena que sujetó al príncipe de los Apóstoles es el templo de San Pietro in Vincoli, sostenido por majestuosas columnas antiguas de mármol: en el sepulcro de Julio II está la famosa estatua del Moisés de Miguel Ángel, y en una capilla se ve la Santa Margarita del Guercino; tienen también allí su tumba los hermanos Pollaiuolo, célebres grabadores en bronce del siglo XV, y Clovio, famoso entre los miniaturistas de una época algo posterior: ofician la iglesia los canónigos regulares lateranenses. Santa Prassede, hermosa iglesia de tres naves, con 26 columnas de granito y 4 de pórfido que sostienen el baldaquino: los peldaños de la escalera que conduce a la tribuna son las piezas más grandes que se conocen de finísimo rosso antico: un gran trozo de columna traído de Jerusalén se cree santificado por la flagelación del Redentor, y en la pieza excavada en el centro se dice que la santa mujer conservaba la sangre de los héroes cristianos muertos por la fe. San Lorenzo in Lucina y Santi Vincenzo ed Anastasio, servidas ambas por los clérigos regulares menores: soberbia la primera por el famoso Crucifijo de Guido, conserva la tumba de Nicolas Poussin, a quien pronto se verá construido un mausoleo conveniente, y en la otra se guardan las vísceras de todos los pontífices de Sixto V en adelante, salvo las de Pío VI, cedidas a la ciudad de Valence. Ya hemos hablado de la iglesia de Santa Maria ad Martyres, que es el antiguo Panteón, modelo acabado de arquitectura antigua, y donde se ven los bustos de Dante, de Petrarca, de Poussin, de Metastasio, etc. Santo Stefano Rotondo, que sustituye a un templo elevado en honor del emperador Claudio, y al que adornan 56 columnas antiguas. Santa Maria del Popolo, donde se encuentran hermosos sepulcros del siglo XI. San Pietro in Montorio, que contiene el famoso cuadro de la Transfiguración de Rafael. Entre los muchos conventos de Roma, solo señalaremos el de los cartujos, junto a la iglesia de Santa Maria degli Angeli, notable por su gran pórtico cuadrado formado por cien columnas de travertino. – Roma posee al NO, en la orilla derecha del Tíber, una fortaleza llamada Castel Sant’Angelo, Moles Hadriana. Para emular la magnificencia de que había dado muestra Octavio Augusto al erigir el grandioso mausoleo en la orilla izquierda del Tíber, destinado a las tumbas imperiales, en la orilla opuesta el emperador Publio Elio Adriano, hacia principios del siglo II, levantó un soberbio monumento que fue llamado Mausoleo de Adriano. (...)
Pasando a los palacios, no puede negarse el primer lugar, por suntuosidad y amplitud, a los pontificios del Vaticano y del Quirinal, puesto que el lateranense, aunque reconstruido por Sixto V después del incendio, ya no está habitado por los soberanos. Más que un grandioso palacio, el Vaticano debe llamarse una colección de nobilísimos edificios. La escalera regia principal conduce a la gran sala, donde se encuentran las dos grandes capillas papales: la Sixtina, así denominada por Sixto IV, que contiene la obra maestra de la pintura al fresco, es decir, el Juicio de Miguel Ángel, y otros diversos temas que llenan la vastísima bóveda; y la Paulina, así llamada por Paulo III, también ornada de pinturas y con un hermoso tabernáculo de cristal guarnecido de oro. Desde el primer piso de las célebres logias de Rafael se va al apartamento Borgia, donde se reúnen pinturas y monumentos antiguos en abundancia, y se pasa luego al gran museo Vaticano, que se divide en Pío, Clementino y Chiaramonti. Se empieza recorriendo el corredor de las Lápidas, la colección más copiosa que pueda imaginarse de vetustas inscripciones, dispuestas en buen orden por el doctísimo monseñor Marini; próxima está la Biblioteca Vaticana, riquísima en códices manuscritos, papiros, medallas y estampas, y ornada con las hazañas de Sixto V pintadas al fresco. Pío VII le donó los dos soberbios candelabros de París de la fábrica de Sèvres. Se pasa luego al Museo Chiaramonti, cuyo primer corredor sigue al de las inscripciones, y hacia la mitad se entra en el que se llama Braccio Nuovo, abierto en 1822, y después en el Museo Egipcio y Ático, que forman el hemiciclo del Belvedere. Viene a continuación el Museo llamado Pío-Clementino, por haber sido sus fundadores Clemente XIII y Clemente XIV, y Pío VI quien lo elevó a su fama actual. Sus partes son el vestíbulo Cuadrado, el vestíbulo Redondo, la sala de Meleagro, el pórtico que rodea el patio del Belvedere, la sala de los Animales, la galería de las Estatuas, las salas de los Bustos, el Gabinete, la sala de las Musas, que tiene el hermoso pavimento de mosaico antiguo, la sala Redonda, donde está la taza de pórfido de 62 palmos de perímetro y el pavimento de mosaico antiguo hallado en Otricoli, la sala de la Cruz Griega, la escalera principal del Museo, sostenida por 22 columnas de granito, con la sala redonda de la Biga, desde donde se pasa a la galería de los Mapas y de allí a la sala de los Tapices hechos sobre los cartones de Rafael, y a las cuatro estancias pintadas enteramente por el mismo Rafael, que toman su nombre de los temas tratados en ellas, a saber, la estancia del Incendio del Borgo, la de la Disputa del Santísimo Sacramento, la de Heliodoro y la sala de Constantino. Se sube después al segundo piso de las logias llamadas de Rafael, porque él dirigió todas sus pinturas, y luego al tercero, embellecido también con los mapas del dominico Ignazio Danti, desde donde se tiene acceso a la colección de cuadros clásicos devueltos de París y dispuestos en seis grandes salas por el famoso Camuccini. Numerosos, y todos vastísimos, son los apartamentos situados aquí y allá, y encantador el amplio jardín al que da acceso un vestíbulo correspondiente a la sala de la Biga del Museo; la primera parte se llama jardín de la Piña, por hallarse en él la de bronce que estuvo antes en lo alto del Mausoleo de Adriano. La segunda está embellecida por un casino y por el pedestal de la columna de Antonino Pío, trasladado allí. - (...)
También el palacio llamado de la Cancelleria, por residir en él el cardenal vicecanciller de la Santa Iglesia, y que forma un solo edificio con la iglesia de San Lorenzo in Damaso, exige mención especial entre los edificios públicos; es enteramente de travertino y mármol, construido con hermoso diseño de Bramante a fines del siglo decimoquinto, pero con daño de los monumentos antiguos, y especialmente del Coliseo, de los que se tomaron los materiales. (...)
Se llama también anfiteatro Flavio o de Vespasiano y se encuentra entre los montes Palatino, Celio y Esquilino: es un inmenso edificio oval, construido con bloques de travertino, todavía entero en el exterior por la parte del norte, pero arruinado hacia el mediodía; podía contener 107.000 espectadores: su perímetro exterior es de 1641 pies de París y su altura de 157 pies; la arena en la que combatían los gladiadores mide 285 pies de largo por 182 de ancho; los dos órdenes superiores están formados por medias columnas y pilastras corintias; el orden inferior es dórico, y el que está sobre él, jónico; el emperador Vespasiano comenzó este anfiteatro a su regreso de Judea, Tito lo terminó y lo dedicó el año 80 después de J. C.; en el 526, los bárbaros que conducía Totila arruinaron diversas partes de él para apoderarse del bronce que mantenía unidas las piedras; después los romanos ricos, durante nada menos que diez siglos, hicieron sacar de él materiales para construirse sus casas. (...) – Los elegantes edificios que componen el moderno Capitolio dan a aquella colina, cuyo renombre resuena todavía famoso de un extremo a otro del mundo, un aspecto de particular belleza. (...) – La única de las innumerables estatuas ecuestres de bronce que adornaban la antigua Roma se alza en medio de la plaza y nos representa al emperador filósofo Marco Aurelio, en la que aún se distingue el dorado. Enfrente está el Palazzo Senatorio, al que conducen dos ramales de una grandiosa escalinata adornada en el centro por una hermosa fuente, donde entre las estatuas de dos ríos está la de Minerva, excavada antaño en el feudo senatorial de Cora. Una elevada torre domina el edificio y sirve de campanario con reloj. Subiendo a ella, la vista se extiende por un lado sobre todas las viejas ruinas y por el otro sobre toda la Roma habitada de hoy. Otros dos palacios se alzan a los lados, y en el derecho se encierra el famoso Museo Capitolino, que tuvo comienzo con Clemente XII y, acrecentado por sus sucesores, fue llevado a su perfección actual, bajo el pontificado de Pío VII, por los cuidados del inmortal Consalvi. Se presenta en el patio de entrada la célebre estatua colosal del Océano, que el vulgo conoce con el nombre de Marforio por haber sido sacada e martis foro, y de otras esculturas e inscripciones rebosa también el resto del atrio, que da entrada a tres salas de la planta baja, la primera de las cuales se llama del Canopo y encierra estatuas de imitación egipcia; en la segunda hay una apreciada colección de 122 inscripciones imperiales en piedra o terracota; la tercera, además de algunos monumentos, tiene una hermosa urna sepulcral, cubierta en tres de sus lados de excelentes bajorrelieves, que se cree encerraba las cenizas de Alejandro Severo en el vaso de vidrio llamado ahora de Portland, conservado en el Museo Británico, y se llama por ello sala de la Urna. La escalera está adornada con los restos de la antigua planta de Roma excavados en la vía Sacra junto al templo de Remo. Llena de estatuas está también la larga galería, y a su derecha se entra en la sala a la que da nombre un bellísimo vaso de mármol pentélico excavado cerca de la tumba de Cecilia Metela. Hay otro de bronce, de procedencia griega, y algunos sarcófagos y bustos, junto con los singulares monumentos arqueológicos de la tabla ilíaca, que representa los hechos de la guerra de Troya, y de las palomas de mosaico halladas en la Villa Adriana. Dos salas a la izquierda se llaman la una de los Emperadores y la otra de los Filósofos, porque encierran sus bustos, y vienen después las tres salas atestadas de estatuas admirables, entre las que han de notarse el Fauno de rosso antico en la segunda y, en la tercera, adornada con las piezas más raras, el famoso Gladiador moribundo, que los críticos más rigurosos consideran más bien un guerrero de la Galia, la Venus saliendo del baño, émula de la Médicis, el Antínoo y la cabeza de Marco Bruto. – El otro palacio, que ocupa el lado izquierdo, se llama de los Conservatori, y entre las muchas esculturas y monumentos esparcidos por el patio, las primeras que se admiran a la entrada son las estatuas de Julio César, retratado del natural, y de Augusto. (...)
A tan grandiosos edificios públicos dan digna corona a cada paso los principescos palacios de la nobleza romana, que sería largo siquiera enumerar. No pueden, sin embargo, pasarse por alto el de los Farnese, construido con travertinos tomados en su mayor parte del Coliseo, decorado con los tres órdenes dórico, jónico y corintio, superpuestos uno a otro, y adornado con doce columnas de granito egipcio que sostienen su vestíbulo: en su arquitectura tuvieron parte Sangallo, Buonarroti y Della Porta, y el interior, que puede llamarse un museo completo, prueba el genio y la magnificencia de Pablo III, de quien lo heredaron los actuales monarcas de Nápoles, que mantienen en él la real Embajada y abren allí amplio campo a la ingeniosa aplicación de los artistas pensionados de su reino. El de los Barberini, no menos magnífico que vasto, edificado por Urbano VIII, donde son de notar los bellos frescos del gran salón y la copiosa colección de preciosas pinturas con que están decorados los aposentos: en el jardín anejo se alzaba el templete consagrado a Júpiter, Juno y Minerva, el cual, renovado luego en el templo de Júpiter Capitolino, hizo dar al área de este, más antiguo, el nombre de Capitolio viejo. El de los Chigi, construido para los sobrinos de Alejandro VII, es notable no solo porque adorna uno de los lados de la piazza Colonna, sino también por las esculturas, pinturas y dibujos originales que conserva. El de los Sciarra, de muy bella arquitectura y enriquecido con una de las más soberbias y completas galerías romanas. El de los Doria, compuesto de tres grandiosos edificios unidos entre sí y levantados por los príncipes Pamfili, de quienes los heredaron los actuales señores: el interior corresponde en su ornato a la apariencia, y dan fe del esplendor patricio los preciosos objetos de la amplia y selecta galería. El de los Rospigliosi, erigido sobre los restos de las Termas Constantinianas en el Quirinal por el cardenal Scipione Borghese, y pasado luego por compra a los Bentivoglio, a los Mazzarini y finalmente a sus actuales poseedores: además de la colección de soberbios cuadros, tiene en la bóveda del salón inferior la célebre Aurora, incomparable obra maestra del inmortal Guido Reni. El de los Colonna, que Martín V y los príncipes sucesivos de su casa levantaron sobre la falda extrema del Quirinal, se distingue por su vastedad, por su galería y por su jardín. El de los Borghese, llamado el Cembalo por su figura exterior, que Pablo V llevó a su actual magnificencia: las 96 columnas de granito que sostienen los arcos del vasto patio le dan una idea de singular sublimidad, y la profusión de pinturas hace resaltar mejor la suntuosidad de los aposentos. El de los Braschi, que hemos visto surgir en nuestros días, émulo de las más admirables fábricas romanas por su estupenda arquitectura y sus ornamentos interiores, tiene el particular mérito de la escalera de mármol, que adornan bellas columnas y pilastras de finísimo granito rojo: la antigua estatua de Menelao sosteniendo el cuerpo de Patroclo, que, por el primero que imaginó fijar en ella escritos satíricos, se llamó Pasquino y dio a estos el nombre de pasquinadas, descansa sobre una esquina exterior. El de los Massimo, digno de atención por el elegante pórtico felizmente ideado por Peruzzi, sostenido por seis columnas y que da acceso a los patios interiores; no le faltan ornamentos pictóricos, además de la estatua del Discóbolo, y tiene en la fachada posterior, vuelta hacia el circo Agonal, los famosos claroscuros de Daniele da Volterra. (...)
Las villas y los jardines forman asimismo uno de los mejores ornamentos de la Roma actual y de sus cercanías. En el interior de la ciudad se llevan la palma: la villa Medici, en el Pincio, que pertenece hoy a la Academia real de Francia y tomó el nombre del card. Alessandro de’ Medici, que fue luego León XI, el cual la había adquirido del card. Ricci, su fundador. Su circuito supera ½ legua, magnífico es su palacio, y el soberbio jardín acaba de satisfacer a cuantos dirigen hacia él la mirada desde el cercano paseo del Pincio. La villa Ludovisi, que ocupa una parte de los Jardines de Salustio y abunda en sus tres casinos en apreciables esculturas y pinturas, entre las cuales está la Aurora, famosa obra maestra del Guercino. (...)
Dos basílicas se elevan fuera de las murallas romanas. Una es la de San Sebastiano, en la vía Apia, reedificada por el card. Scipione Borghese, cuyo pórtico sostienen columnas de granito, mientras que 4 de verde antiguo sostienen el altar mayor. La otra es la de San Lorenzo, en la vía Collatina o Tiburtina, en el área del Campo Verano. De antiguo mosaico de piedras duras es el pavimento de la tribuna, y múltiples columnas de pavonazzetto, con 6 de pórfido, dos de ellas de color verde, forman su peculiar ornamento, junto con dos antiguos púlpitos de mármol (Ambones) situados a los lados y con la confesión subterránea donde se veneran los cuerpos de los santos Esteban y Lorenzo. (...)
Corresponden a estas iglesias exteriores otros tantos antiguos cementerios que, extendiéndose mucho bajo tierra, se llamaron Catacumbas, no siendo en su origen otra cosa que canteras de puzolana escogidas por los primitivos cristianos para ocultarse de las persecuciones y practicar allí los sagrados ritos y dar sepultura a los difuntos. El mayor cementerio es el de Calixto, al que se accede desde la capilla de San Sebastiano y que se extiende por 2 leguas 215, hecho venerable por haberse depositado en él el cuerpo de aquel santo Mártir, de muchos pontífices y de varios millares de atletas católicos. Desde una capilla subterránea de San Lorenzo se desciende al cementerio de la matrona romana santa Ciriaca. De santa Inés toma su nombre el otro cementerio situado bajo su templo, y de san Cleopodio el antiquísimo de San Pancrazio. – El puerto principal de Roma sobre el Tíber es el de Ripagrande, cerca de Porta Portese, y un faro, levantado allí por Pío VII, lo señala a quienes remontan el río desde el Mediterráneo. Memorable es aquel lugar porque allí se indica que ocurrieron las hazañas de Cocles, de Escévola y de Clelia. (...)
En el otro puerto, el de Ripetta, no lejos de la puerta Flaminia, fundado por Clemente XI, se hace principalmente el comercio del carbón y de otros combustibles, así como del vino y del aceite que desembarcan allí los umbros y los sabinos, y allí también está establecida una aduana con su Gobernador. (...)
Entre los lugares destinados a los espectáculos públicos ocupan el primer lugar los teatros. Por su amplitud se distingue el llamado de Aribert, por quien lo construyó, que sirve principalmente para los bailes populares y se halla no lejos de la piazza di Spagna. Vienen después los de Argentina y Tordinona, y el otro, el Valle, aunque más pequeño y más alegre. El área del mausoleo de Augusto, cuya cúpula se arruinó y cuyos ornamentos perecieron o fueron retirados, sirve ahora de anfiteatro, con logias y graderías construidas posteriormente, para las corridas de toros, juegos de caballos, exhibiciones de fieras y espectáculos pirotécnicos, que en la estación estival resultan muy divertidos. Junto al palazzo Barberini está el lugar destinado al juego del pallone, por el que los romanos muestran particular afición. (...)
La historia de los acontecimientos de que Roma fue teatro es tan generalmente conocida, y sería al mismo tiempo tan larga, que no podemos emprender aquí un resumen de ella. Nos contentaremos, pues, con una simple indicación cronológica de los hechos más sobresalientes y más relacionados con la geografía, no sin añadir que, en torno a la historia romana, mucho fue derribado y mucho se intentó edificar, frente a las narraciones más aceptadas, por Niebuhr, cuya obra merece ser estudiada.
752 antes de J. C.. Fundación de la Ciudad.
509. Formación de la república.
388. Toma y destrucción de Roma por obra de los galos.
64 después de J. C.. Incendio de Nerón.
307. Roma es asediada en vano por Galerio.
330. Es abandonada por Constantino, que establece en Bizancio la sede del Imperio.
364. Se convierte en la capital del imperio de Occidente.
387. es saqueada por Alarico, rey de los visigodos.
455. Es tomada por Genserico, rey de los vándalos.
472. Ricimero, rey de los godos, la toma y la saquea.
476. Odoacro, rey de los hérulos, se hace dueño de ella; convertida Rávena en la sede del poder imperial en Italia.
527. Asedio de Vitiges, rey de los godos.
536. Entrada de Belisario, general de Justiniano.
546 e 549. Roma es tomada por Totila, rey de los ostrogodos.
533. Lo es por Narsés, general de Justiniano.
568. Institución del ducado de Roma, que se extendía entre Ostia, Orte y la desembocadura del Marta.
578. Los lombardos devastan el territorio.
593. La ciudad es asediada por Agilulfo, que devasta sus alrededores.
755. Astolfo, rey de los lombardos, levanta, ante el avance de Pipino, rey de Francia, el asedio. Principio del poder temporal de los papas.
800. Carlomagno coronado emperador.
846. Saqueo del Vaticano por parte de los sarracenos.
1081. Asedio inútil del emperador Enrique IV.
1084. Toma de Roma por parte de dicho emperador, que asedia en el castillo de Sant’Angelo al papa Gregorio VII, liberado por Roberto, duque de Apulia.
1036. Paso de un cuerpo de ejército conducido por Hugo de Francia y destinado a la primera cruzada.
1305. Clemente V traslada la sede pontificia a Aviñón.
1375. Gregorio XI, la devuelve a Roma.
1494. Entrada de Carlos VIII, rey de Francia.
1527. Saqueo de Roma a manos de las tropas del condestable de Borbón, general de Carlos Quinto.
1703. Terremoto; el gran desbordamiento del Tíber.
1798. Roma ocupada por los franceses.
1809 e 1810. Es incorporada al imperio francés, del que es declarada la segunda ciudad; se convierte en capital del departamento de su nombre; el papa Pío VII es conducido a Francia; el hijo primogénito de Napoleón recibe el título de rey de Roma.
1831. Muchos movimientos insurreccionales prontamente reprimidos.
Fuentes de las calles
Fuente del Babuino
Via del Babuino Fuente del Babuino Fue el pontífice Pío IV Medici (1558-1565) quien instauró la costumbre de las fuentes llamadas «semipúblicas»: cuando el pontífice concedía agua a un particular, este se comprometía a construir, a sus expensas, una fuente pública adosada a su propiedad. El nombre de via del Babuino se dio a la via Paulina a finales del siglo XVI, cuando un rico comerciante ferrarés, Patrizio Grandi, tras obtener el agua para su vivienda y sus huertos, construyó para la población de la zona una fuente pública. La estatua del Sátiro que se alza sobre la pila termal romana rectangular de granito gris, donada por Grandi, no gustó en absoluto al pueblo, que reconoció en ella las facciones de «un babuino»: así, desde 1581, la antigua strada Paulina cambió de nombre y se convirtió en via del Babuino. El Babuino es una de las famosas «estatuas parlantes» de Roma.
Fuente del Tonel de via della Cisterna
Via della Cisterna Fuente del Tonel En el rione de Trastevere, en la esquina entre via della Cisterna y via San Francesco a Ripa se realizó, en 1927, la fuente del Tonel, obra del arquitecto Pietro Lombardi, ideada para poner de relieve la tradicional presencia en esta zona de tabernas y despachos de vino.
El tonel, colocado en vertical sobre una base, es el típico «caratello» (usado en el pasado para transportar el vino de los Castelli Romani), de un orificio que tiene en el centro sale el agua, que se recoge en una media tina situada debajo. A los lados del tonel se encuentran dos medidas de vino, del tipo aún en uso en las tabernas romanas, de las que también brota agua, que se recoge en el suelo en pilas dispuestas a tal efecto.
Fuente del Prisionero
Via Goffredo Mameli Fuente del Prisionero La villa Montalto, posesión de Sixto V Peretti (1585-1590) situada en la colina del Esquilino, era la propiedad privada más extensa existente dentro de las murallas de la ciudad, pero a finales del siglo XIX, concretamente en 1877, toda el área fue parcelada para realizar la estación Termini, la piazza dei Cinquecento y otros barrios modernos.
La única fuente que sobrevivió a la destrucción de la villa, obra también de Domenico Fontana, fue reconstruida en 1938 en las laderas del Janículo como telón de fondo de via Manara.
La fuente presenta hoy un gran nicho (delimitado por dos lesenas y coronado por un frontón ricamente decorado) en cuyo centro el agua brota de una cabeza de león para recogerse en el suelo en un pilón protegido por seis columnitas. La estatua del prisionero que dio nombre a esta fuente se ha perdido con el tiempo.
Fuente de la Bala de Cañón
Viale della Trinità dei Monti Fuente de la Bala de Cañón La fuente de la Bala de Cañón en viale della Trinità dei Monti.
Sencilla pero decididamente elegante por la perfección de sus proporciones es la pequeña fuente situada en el límite de la explanada que se abre ante la majestuosa villa Medici.
Encargada por el cardenal Ferdinando Medici en 1589 y realizada por Annibale Lippi, la fuente ha entrado en la leyenda, pues se cuenta que la esfera de mármol blanco situada en el centro de la taza circular de granito, de la que se eleva el surtidor de agua, fue disparada contra la puerta de villa Medici por Cristina, reina de Suecia. Esta, llegada a Roma en 1655 de visita y que permaneció allí 34 años, es decir, durante todo el resto de su vida, fue una mujer muy culta y de temperamento audaz.
La fuente, formada con antiguos restos arqueológicos, presenta una pila octogonal en cuyo centro un robusto pilar sostiene la bella taza circular de bordes redondeados, en cuyo centro se encuentra precisamente la «bala de cañón».
Fuente del Facchino de via Lata
Una de las más conocidas «estatuas parlantes» (su interlocutor, el famoso y mordaz Pasquino), llamada el Facchino, representa a un aguador con su traje característico. Según otros, en cambio, estaría dedicada a los porteadores de vino y reproduciría las facciones de un tal Abbondio Rizzio, célebre por su fuerza y por su capacidad de beber grandes cantidades del vino que transportaba. La obra, de origen incierto, se atribuyó a Jacopo Del Conte, que la habría realizado entre 1587 y 1598.
via margutta — Fuente de los Artistas de via Margutta
Realizada en 1927 según proyecto del arquitecto Pietro Lombardi, representa un conjunto de los símbolos de los artistas. De una original base triangular se elevan dos caballetes de pintor, sobre cuyas repisas descansan los dos mascarones, uno triste, el otro alegre, para subrayar las vicisitudes de la profesión.
via margutta — Fuente del Patio de via Margutta
El ánfora de terracota inclinada, vierte agua en una pila cuadrada de mármol blanco de época romana.
Fuente de los Libros de via degli Staderari
La fuentecilla de los Libros fue ejecutada en 1927 en travertino según proyecto de Pietro Lombardi para el rione de Sant’Eustachio, y por eso el símbolo del rione, la cabeza de un ciervo, aparece en el nicho rodeado de cuatro libros antiguos, quizá para recordar la cercana Universidad de la Sapienza. En el interior de la pila, la inscripción con el nombre del rione presenta una referencia numérica errónea: IV en lugar de VIII.
Fuentecilla de las Abejas de via Vittorio Veneto
Inmediatamente después de la ejecución de la fuente del Tritón, se encargó a Bernini en 1644 la realización de una pequeña fuente para abrevar a los caballos, como era costumbre construir junto a las fuentes monumentales. La obra, genial muestra del barroco romano, fue desmontada en 1867 y llevada a uno de los depósitos municipales del Testaccio. En enero de 1916, por presión de los estudiosos, fue recompuesta con las pocas piezas originales halladas y con una ejecución poco fiel (basta cotejar el dibujo del holandés Lievin Cruyl de 1665).
Fuente de las Victorias Aladas en Villa Borghese
Está constituida por un sarcófago de época romana en el que aparecen representadas, entre festones de frutas y máscaras, unas Victorias aladas, y por dos delfines situados a los lados de un mascarón que vierte el agua en la pila inferior. El mascarón (de Della Porta) es uno de los cuatro de la fuente de la piazza della Rotonda, trasladado aquí a finales del siglo XIX. Los otros tres están probablemente depositados en algún almacén municipal.
Fuentes de las plazas
Acea, Fuente de Acea
Piazzale Ostiense Fuente de Acea Delante de la sede de Acea (Azienda comunale energia e ambiente) puede admirarse, inserta en un amplio espacio verde, una fuente moderna, realizada en 1962 según diseños de los arquitectos Ugo Macrì, Giorgio Quaroni y Americo Romitelli, vencedores del concurso convocado a tal efecto. Sobre un gran estanque oblongo se elevan estructuras verticales, decoradas con bajorrelieves, de cuya cima brota el agua, que cae en cascada. La fuente adquiere particular realce en las horas nocturnas, cuando está sabiamente iluminada.
Fuente del Acqua Acetosa
Piazzale dell'Acqua Acetosa Fuente del Acqua Acetosa A comienzos del siglo XVII (1613) el papa Pablo V Borghese (1605-1621) hizo construir una sencilla fuente en pleno campo, a lo largo de la orilla derecha del Tíber, cerca de Tor di Quinto, en el lugar donde brotaba un manantial de agua acídulo-ferruginosa considerada «saludable para los riñones, el estómago, el hígado, el bazo y otros mil males». Fue, sin embargo, el papa «urbanista» Alejandro VII Chigi (1655-1667) quien hizo proyectar y erigir la bella fuente-ninfeo de líneas envolventes que ha llegado hasta nosotros. El proyecto de esta deliciosa obra, digna del más bello parque privado, se atribuyó durante mucho tiempo a Bernini; parece, en cambio, que es obra de un pintor, Andrea Sacchi, que para los dibujos se sirvió de la colaboración del arquitecto Marcantonio de Rossi. Después de que el manantial del Acqua Acetosa resultara contaminado (a finales de los años cincuenta), la fuente quedó largo tiempo abandonada; hoy, por fin, la apreciable y elegante fuente barroca ha sido restaurada, pero ya no vierte Acqua Acetosa, sino agua potable normal.
Fuente de la piazza Sant'Andrea della Valle
Piazza Sant'Andrea della Valle Fuente de la Plaza Encargada por el papa Pablo V Borghese (1605-1621) para la plaza de la iglesia de Santa Maria in Traspontina, la fuente, realizada según proyecto del arquitecto Carlo Maderno, retoma motivos clásicos: está constituida por una elegante pila mixtilínea, apoyada sobre una base que reproduce su forma. En el centro de la pila, sostenida por una base decorada con dragones y águilas (símbolo de los Borghese), hay una taza circular, hoy de cemento, que reproduce el original de mármol, por desgracia perdido. Un chorro de agua se eleva sobre la taza para caer de nuevo en la pila inferior, donde, desde la superficie del agua, se elevan cuatro chorros.
Fuente de la piazza Aracoeli
Hacia finales del siglo XVI, en 1589, durante el pontificado de Sixto V Peretti (1585-1590), Giacomo della Porta realizó la armoniosa fuente de la piazza d'Aracoeli, en cuya cima cuatro putti, dándose la espalda, vierten agua de otras tantas ánforas que sostienen en la mano. En el curso de una restauración decimonónica de la fuente, situada al pie del Campidoglio, el gran estanque original de forma ovalada fue sustituido por el actual estanque circular; entonces se retiraron también los dos escalones modelados según las líneas de la pila superior, que el proyectista quiso no para quien pretendiera sacar agua, sino como pedestal para la fuente, que parecía emerger de las aguas del amplio estanque ovalado.
Fuente de los Tritones
Piazza della Bocca della Verità Fuente de los Tritones Se llama también «de los tritones» esta fuente del siglo XVIII, construida en 1717 según diseño del arquitecto Carlo Bizzaccheri, que ideó la pila en forma de estrella en honor del pontífice Clemente XI Albani (1700-1721), en cuyo escudo, sobre un símbolo que indica tres montes, se ve precisamente una estrella de ocho puntas. En el centro de la pila, sobre unas rocas, dos tritones, colocados de espaldas y con las colas entrelazadas, sostienen una taza en forma de concha que lleva grabados los escudos papales. La fuente, que se encuentra en un contexto sugestivo, ha sufrido siempre, por desgracia, escasez de agua. Clemente XI merece ser recordado como un pontífice que hizo mucho por el urbanismo romano.
Piazza del Campidoglio — Fuente de la diosa Roma
Fuente de la Diosa Roma La fuente del Campidoglio, llamada también «de la escalera Senatoria» y «de la Palas raptada», fue ideada por Miguel Ángel en torno a 1536 no como fuente (el agua llegó al Campidoglio unos cincuenta años más tarde), sino como soberbio ornamento de la plaza. En el nicho del centro de la escalinata Miguel Ángel previó la colocación de una colosal estatua de Minerva (hoy en el patio del museo Capitolino), que se instaló en 1583, pero permaneció allí solo un decenio; luego fue sustituida por la actual estatua, de dimensiones más modestas, de la diosa Roma triumphans. La estatua de la diosa Roma, alzada sobre nada menos que tres basamentos, tiene el rostro y las extremidades de mármol blanco, mientras que el ropaje es de pórfido. A los lados del gran nicho, en los paneles de la escalinata, Miguel Ángel colocó dos enormes estatuas que representan los ríos Nilo y Tigris, que originalmente adornaban las termas de Constantino, en la colina del Quirinal. Los romanos quisieron transformar el Tigris en Tíber y, por tanto, cambiaron el tigre por una loba y pusieron a su lado a Rómulo y Remo. Para adaptar como fuente todo el conjunto de la escalera Senatoria, idea a la que el arquitecto Giacomo della Porta se oponía con vigor, se convocó (caso único entre las numerosas fuentes romanas del siglo XVI) un concurso que ganó, entre mil polémicas, en enero de 1588 Matteo Bartolani de Città di Castello.
Piazza del Campidoglio — Fuente de los Leones
Fuente de los Leones Al pie de la escalinata que conduce a la piazza del Campidoglio se colocaron en 1562, sobre basamentos diseñados por della Porta, dos leones egipcios de basalto negro de Numidia que anteriormente adornaban la entrada de la iglesia de Santo Stefano del Cacco. En 1587, cuando el Acqua Felice fue llevada a la colina capitolina, que había quedado privada de agua corriente tras la interrupción del acueducto Marcio, los dos leones fueron modificados y adaptados como fuentes: en 1588 el cantero Francesco Scardua, según diseño de Camillo Rusconi, ejecutó dos pilas para recoger el agua que arrojaban los caños insertados en las bocas de los leones. Al menos en dos ocasiones, con motivo de la elección del papa Inocencio X Pamphili (1644-1655) y del papa Clemente X Altieri (1670-1676), de los caños de estas fuentes se hizo brotar, en lugar de agua, vino blanco y vino tinto.
Fuente llamada la «Terrina»
Piazza della Chiesa Nuova Fuente llamada la «Terrina» Por voluntad del papa Gregorio XIII Boncompagni (1572-1585), hacia 1581 el arquitecto Giacomo della Porta proyectó una fuente para Campo de' Fiori que, situada en el centro de la popular plaza (por debajo del nivel de la calle, a causa de la escasa presión del Acqua Vergine), fue retirada a finales del siglo XIX, cuando se erigió el monumento a Giordano Bruno. La gran taza oval de mármol blanco, adornada con cuatro delfines de bronce (retirados más tarde y perdidos) e inserta en un gran estanque al que se accedía bajando dos tramos de cuatro escalones, fue cerrada en 1622 por el papa Gregorio XV Ludovisi (1621-1623) con una tapa de travertino. A raíz de esta cubierta, decretada por motivos higiénicos (la basura ensuciaba perpetuamente el agua, ya que la plaza ha sido siempre sede de mercado), los romanos llamaron a esta fuente «la Terrina», es decir, la sopera. En 1924, después de permanecer durante más de treinta años en depósito en los almacenes municipales, esta fuente fue reconstruida en la piazza della Chiesa Nuova.
Fuente de la piazza delle Cinque Scole
Piazza delle Cinque Scole Fuente de la Plaza Se considera una de las más felices creaciones del arquitecto Giacomo della Porta esta fuente, llamada también de la piazza Giudia (o Giudea) porque procede de la plaza del antiguo gueto, demolido en 1888. El cantero fue Pietro Gucci. Sobre una base formada por dos escalones se encuentra una pila de mármol blanco de forma alargada y planta mixtilínea, en cuyo centro un balaustre sostiene una taza circular con surtidor central, desde la cual el agua se vierte en la pila inferior a través de cuatro máscaras, inspiradas en las Gorgonas y, por tanto, con serpientes en los cabellos, que arrojan agua por las bocas abiertas de par en par.
Fuente de las Ánforas
Piazza dell'Emporio Fuente de las Ánforas En los años veinte el arquitecto Pietro Lombardi ganó un concurso convocado por el Ayuntamiento de Roma para el proyecto de algunas fuentes de barrio. Su obra más majestuosa es la fuente de las Ánforas, concebida para el rione Testaccio donde, a lo largo de los siglos, con las ánforas rotas procedentes del cercano puerto fluvial de Ripa Grande, se formó una pequeña colina. La fuente de Lombardi, realizada en travertino, tiene planta circular y está dividida en cuatro sectores por otros tantos tramos de escaleras; en cada sector, excavado en forma de pila, vierte agua un ánfora, mientras que volutas y pilarcillos enlazan las escaleras con el macizo grupo central de ánforas que se alza por encima.
Fuente del Acqua Paola
La majestuosa fuente-mostra del Acqua Paola, conocida también como «fontanone del Gianicolo», fue encargada por el papa Pablo V Borghese (1605-1621), proyectada por Giovanni Fontana y Flaminio Ponzio y completada por Carlo Fontana con el enorme estanque de mármol blanco. La monumental fuente presenta tres amplios nichos (flanqueados por dos nichos menores), de cada uno de los cuales brota abundante agua procedente del lago de Bracciano. En la gran inscripción situada encima de los nichos hay una inexactitud: se dice que se restauraron los conductos de la fuente Alsietina, en lugar de los de la Traiana. El escudo pontificio, al igual que las figuras que lo flanquean, es esmerada obra de Ippolito Buzio; solo en 1690 el papa Alejandro VIII Ottoboni (1689-91), según proyecto de Carlo Fontana, hizo sustituir las cinco tazas situadas en la base de las bocas de agua por el grande y magnífico estanque, abrir hacia el huerto botánico posterior el vano del arco central y construir la explanada desde la que se admira un espléndido panorama de la capital.
Fuente de las Ranas
Piazza Mincio Fuente de las Ranas
Entre las fuentes más recientes, pero no por ello menos interesantes, merece conocerse la fuente de las ranas, realizada en la piazza Mincio en 1924 según diseño del arquitecto Gino Coppedè. Sobre un bajo estanque circular, apenas más alto que el nivel de la calle, cuatro parejas de figuras sostienen cada una una concha que alberga una rana, la cual vierte agua en la propia concha. En el centro del estanque, entre las cuatro conchas, se eleva una taza también circular, en cuyo borde se disponen ordenadamente otras ocho ranas en actitud de saltar hacia el surtidor central.
Fuente de la piazza Nicosia
Piazza Nicosia Fuente de la Plaza La primera fuente pública de la Roma moderna fue construida (antes de las dieciocho encargadas tras la reactivación del acueducto Vergine) en 1572 en la piazza del Popolo según diseño del arquitecto Giacomo della Porta, pero no tuvo una vida fácil: trasladada varias veces y retirada en 1823, cuando Valadier, al proyectar de nuevo la plaza, colocó cuatro fuentes al pie del obelisco, permaneció también en los almacenes municipales. A mediados del siglo XX la fuente fue reconstruida en la piazza Nicosia, pero de original conserva solo la gran taza marmórea octogonal, mientras que el balaustre y la taza superior son recientes. Los cuatro tritones en cuclillas que adornan la fuente del Moro, en la piazza Navona, se esculpieron originalmente para esta fuente, pero, al resultar desproporcionados respecto a las dimensiones de la pila y de la taza, fueron felizmente recolocados en su posición actual.
Fuente de las Tortugas
Piazza Mattei Fuente de las Tortugas La espléndida fuente llamada «de las Tortugas» es una creación mágica de Giacomo della Porta que funde admirablemente agua, arquitectura y escultura; además, se halla felizmente inserta en un rincón de Roma que ha permanecido bastante parecido a como era en el momento de su construcción. En 1570 debía colocarse una fuente en el cercano gueto, en la piazza Giudia, pero la intervención de la poderosa familia Mattei hizo que se construyera aquí (1581), mientras que el gueto tuvo su fuente solo en 1591 (ver fuente de la piazza delle Cinque Scole). En el centro de una amplia pila cuadrangular, sobre un alto basamento cuadrado de lados cóncavos, se encuentran cuatro grandes conchas de mármol, por encima de las cuales cuatro efebos de bronce inmovilizan, poniéndoles un pie sobre la cabeza, a otros tantos delfines de bronce. Los efebos, todos en la misma postura, alzan un brazo hacia la taza de mármol que está por encima. En el proyecto original, otros cuatro delfines de bronce (quizá los mismos que decoraron en un primer momento la fuente de Campo de' Fiori) debían encontrarse donde hoy están las tortugas, que se añadieron a mediados del siglo XVII, tras una primera restauración.
Fuentecilla de la Piña de la piazza San Marco
Piazza San Marco Fuentecilla de la Piña Proyectada en 1927 por el arquitecto Pietro Lombardi para el rione Pigna, que antiguamente tomó su nombre de una colosal piña conservada hoy en el Vaticano, esta fuentecilla se caracteriza por una piña sostenida por una base estilizada; el agua se recoge en el suelo en pequeñas pilas protegidas por cuatro columnitas.
Piazza San Bernardo
Piazza San Bernardo Fuente de Moisés Esta fuente-espectáculo del acqua Felice (agua así llamada en honor del papa Sixto V, de nombre secular Felice Peretti, que restauró el acueducto del acqua Alessandrina) es obra de 1587 de los hermanos Giovanni y Domenico Fontana. Construida en travertino, presenta tres grandes hornacinas ritmadas por cuatro columnas jónicas dispuestas en simetría con cuatro leones egipcios, dos de mármol blanco y dos de mármol oscuro.
En el momento de la inauguración, en junio de 1587, la maciza estatua de Moisés, de más de cuatro metros de altura, aún no había sido colocada en la hornacina central de la fuente. En las hornacinas laterales se encuentran las estatuas que representan a Aarón y Gedeón.
En el frontispicio figura el escudo papal, mientras que protege los pilones una imponente balaustrada procedente, como demuestra la inscripción que lleva, de un edificio erigido por Pío IV.
Piazza Santa Maria in Trastevere
Piazza Santa Maria in Trastevere Fuente de la plaza Según la tradición, esta sería la más antigua de las fuentes monumentales de Roma; aparece, en efecto, en un plano de la ciudad de 1471 debido a Pietro del Massaio. La iglesia de Santa Maria in Trastevere se llamó antiguamente Sancta Maria in fontibus, por lo que cabe pensar que la fuente de 1471, en la que en el centro de un pilón poligonal colocado sobre un basamento se alzan sobre balaustres dos tazas superpuestas, fuera la reconstrucción de otra mucho más antigua. A una restauración efectuada a finales del siglo XV por el cardenal López (lupus) se debe el epigrama en dísticos grabado en la lápida colocada en una esquina de la fuente.
La vida de esta fuente, la única situada en un barrio pobre, estuvo marcada por la falta de un suministro de agua continuo y abundante. Fue Alejandro VII Chigi (1655-1667) quien por fin le proporcionó 36 onzas de agua (en lugar de 5) y la hizo trasladar al centro de la plaza; las obras se encomendaron a Bernini (1659): la parte superior del monumento no se modificó, mientras que la inferior, es decir, el pilón octogonal, se elevó sobre unos escalones, y se añadieron las cuatro conchas dobles (entonces vueltas hacia el exterior), los escudos de los Chigi e inscripciones en recuerdo de la restauración. Pero apenas unos treinta años después (1692) el pontífice Inocencio XII tuvo que emprender unas obras extraordinarias de limpieza, en el curso de las cuales probablemente se amplió la capacidad del pilón y las conchas dobles se volvieron hacia el pilón, como para protegerlo. Por último, en 1873, el Ayuntamiento de Roma reconstruyó totalmente la fuente en mármol bardiglio en lugar de travertino, pero según el modelo exacto de 1692.
Piazza Trilussa
Piazza Trilussa Fuente de la plaza El fontanone de ponte Sisto (fuente-espectáculo del acqua Paola), realizado en travertino por Giovanni Vasanzio (el flamenco Van Zanten) en 1613 por voluntad de Pablo V Borghese (1605-1621), y situado originalmente al final de la elegante via Giulia, junto al Ospizio dei Mendicanti, se encuentra hoy en la piazza Trilussa, como edificio exento alineado con el ponte Sisto.
Dos columnas jónicas situadas a los lados de una amplia hornacina con bóveda de cañón sostienen un arquitrabe sobre el cual se halla una lápida conmemorativa. El escudo de los Borghese corona el conjunto. De una abertura practicada en la parte alta de la hornacina brota abundante agua que cae en una primera concha, desde la cual se precipita con estruendo en el pilón situado al nivel de la calle. También dos dragones esculpidos en los basamentos de las columnas arrojan agua al pilón, al igual que dos cabezas de león. Seis pequeñas columnas de granito rojo unidas mediante una estructura de hierro protegen la fuente, que, trasladada en 1879 cuando se decidió ensanchar el cauce del Tíber y construir el lungotevere de la orilla izquierda, fue reconstruida a finales del siglo XIX. Entonces se elevó una quincena de escalones sobre el nivel de la calle para hacerla más visible desde el ponte Sisto.
Fuente de la piazza Quiriti
Quiriti Fuente de la plaza En 1927 se realizó en el barrio de Prati, según proyecto del escultor Attilio Selva, una fuente inspirada en su forma en las del siglo XVII, cuyos desnudos femeninos causaron entonces escándalo. En el centro de un gran pilón circular se alza una taza de cuyos bordes desciende un velo de agua; cuatro figuras femeninas, espalda contra espalda, se encuentran en el centro de la taza y sostienen con la cabeza y los brazos una taza más pequeña cuadrilobulada, en cuyo centro, de una gran piña, se eleva un surtidor.
Fuente de los Dioscuros en la piazza del Quirinale
Piazza del Quirinale Fuente de los Dioscuros La fuente de la piazza del Quirinale se llama de los Dioscuros porque dos gigantescas estatuas de los Dioscuros con sus caballos se encuentran aquí desde 1588, cuando Domenico Fontana, por voluntad del papa Sixto V Peretti (1585-1590), proyectó su única fuente pública, colocando delante de las estatuas un pilón octogonal en cuyo centro un balaustre sostenía una taza.
Fue el papa Pío VI Braschi (1775-1799) quien hizo trasladar a la piazza del Quirinale el obelisco hallado en el Campo de Marte: el traslado fue una operación compleja, culminada en 1786. La fuente actual de la piazza del Quirinale data, sin embargo, de 1818, cuando Pío VII Chiaramonti (1800-1823) hizo sustituir la fuente anterior, de la que se ha perdido el rastro, por la espléndida concha de granito sostenida por un balaustre y que se eleva sobre un gran pilón circular.
Fuente del Tritón en la piazza Barberini
Considerada una de las fuentes más bellas de Roma, fue realizada en travertino por Gian Lorenzo Bernini en 1643. Entre las colas de los delfines que sostienen la concha sobre la que se acuclilla el tritón, Bernini colocó dos escudos de los Barberini. El tritón, que sopla con ímpetu en una caracola, hace salir el chorro de agua que, al caer en las valvas y luego desde sus estrías al pilón inferior, crea una coreografía de gran efecto. Restaurada en 1932 y en 1990.
Fuente de la piazza Campitelli
La elegante fuentecilla de la piazza Campitelli fue ideada por el hábil arquitecto Giacomo della Porta en 1589 (y realizada por el cantero Pompilio de Benedetti). Originalmente la fuente estaba situada en el centro de la plaza, pero en 1679, a raíz de la ampliación de la iglesia de Santa Maria in Campitelli, fue trasladada a su posición actual. El monumento, de travertino, está formado por un basamento octogonal cuyos lados rectos (más largos) alternan con otros cóncavos, sobre el que se alza un pilón también octogonal, decorado con los escudos de las cuatro familias preeminentes de la zona (Albertoni, Capizucchi, Muti y Ricci, que corrieron con el coste de las obras) y con dos mascarones que vierten agua. Sobre el pilón, sostenida por un balaustre de mármol en forma de cáliz, se encuentra una taza circular en cuyo centro se eleva un chorro de agua.
Fuente de la piazza Colonna
El papa Gregorio XIII Boncompagni (1572-1585) encargó a Giacomo Della Porta la realización del proyecto, y la elegante fuente, ejecutada por el escultor fiesolano Rocco De Rossi, fue colocada en 1577 en el lugar que aún hoy ocupa. Durante la restauración de 1830 se añadieron los dos grupos de delfines con las colas entrelazadas, obra del escultor Alessandro Stocchi. En aquella ocasión se sustituyó la taza superior, desgastada, por otra más pequeña y modesta que, con un surtidor central, hace descender al pilón inferior un elegante velo de agua.
Piazza del Popolo — Fuente del Obelisco
La primera fuente, construida por Giacomo Della Porta por encargo del papa Gregorio XIII Boncompagni, fue juzgada, aunque bella, inadecuada a las dimensiones de la plaza por León XII Della Genga, que encargó su reconstrucción a Giuseppe Valadier, cabeza de escuela del clasicismo romano. Este colocó alrededor del obelisco cuatro leones de estilo egipcio en mármol blanco que vierten agua en abanico en otros tantos pilones redondos de travertino apoyados sobre una base cuadrada de cinco escalones. Valadier proyectó además otras dos fuentes para completar los hemiciclos laterales.
Piazza del Popolo — Fuente de la diosa Roma
Es la fuente situada en el hemiciclo derecho, hacia el Pincio, diseñada por Valadier en 1823; el grupo escultórico de mármol, ejecutado por Giovanni Ceccarini, representa a la diosa Roma armada con lanza y con yelmo, flanqueada por las estatuas yacentes del Tíber y del Aniene y por la loba que amamanta a los dos gemelos. El pilón de travertino, en forma de amplia concha, recoge el agua procedente de una pequeña taza situada en la base del monumento.
Piazza del Popolo — Fuente de Neptuno
En el hemiciclo izquierdo Valadier opuso una fuente con un grupo monumental, esculpido también por Ceccarini, que representa a Neptuno con el tridente sobre dos delfines guiados por dos tritones. El agua brota y se recoge de manera similar a la otra fuente.
Fuente de las Náyades en la piazza della Repubblica
Es la más bella de las fuentes modernas de Roma. Construida en 1888 según proyecto de Alessandro Guerrieri, que colocó alrededor del gran pilón circular cuatro leones de yeso. Estos fueron sustituidos en 1901 por los cuatro grupos de bronce del escultor Mario Rutelli que representan la Ninfa de los lagos con el cisne, la Ninfa de los ríos, sobre un monstruo fluvial, la Ninfa de los océanos, llamada «Oceanina», sobre un caballo salvaje símbolo del oleaje, y la Ninfa de las aguas subterráneas, tendida sobre el lomo del dragón. En el centro, el grupo del «Glauco», esculpido por el mismo Rutelli y añadido en el año 1912, sustituyó a uno anterior, que representaba el dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza y fue llevado a los jardines de la piazza Vittorio Emanuele porque no gustó a los comitentes.
Fuente del Panteón en la piazza della Rotonda
En 1575, Giacomo Della Porta, por encargo del papa Gregorio XIII Boncompagni, proyectó con un elegante diseño una fuente para colocarla en el centro de la plaza. Leonardo Sormani realizó la obra, compuesta por un pilón mixtilíneo elevado sobre tres escalones de travertino y enriquecido con cuatro grupos de delfines y de máscaras, con una taza en el centro con agua en surtidor. En 1711, por orden del papa Clemente XI Albani, el arquitecto Filippo Barigoni sustituyó la taza por un roquedal, sobre el que se colocó el obelisco de Ramsés II, de seis metros de altura y adornado en la base con cuatro delfines ejecutados por el escultor Vincenzo Felici. En la restauración de 1804 las cuatro máscaras del siglo XVI fueron sustituidas por copias ejecutadas por Luigi Amici.
La Barcaccia en la piazza di Spagna
Pietro Bernini, padre de Gian Lorenzo, proyectó la característica fuente por encargo del papa Urbano VIII Barberini. La tradición cuenta que para el proyecto Bernini se inspiró en una vieja barca varada por la crecida del Tíber de 1598. La obra se construyó al nivel del suelo para compensar la escasa presión del acueducto del Acqua Vergine, que en aquel punto era muy baja. Está adornada en el interior con dos «bocas de sol» barberinianas que vierten agua en abanico. En el exterior, dos escudos de Urbano VIII. Cabe señalar una pizca de ironía, sabiendo que aquel tipo de embarcación se destinaba sobre todo al transporte del vino.
Fontana de Trevi
Imponente y artísticamente notable, es la fuente más escenográfica, y no solo de Roma. Cuando a comienzos de la década de 1730 el papa Clemente XII decidió sustituir la bella fuente diseñada por Leon Battista Alberti en 1453 por otra de imponente majestuosidad, invitó a los mejores artistas de la época a presentar sus proyectos. Se eligió el de Nicola Salvi; las obras comenzaron en 1735 y concluyeron bajo el pontificado de Clemente VIII Rezzonico; la fuente se inauguró el 22 de mayo de 1761. Ocupa todo un lado del palazzo Poli y tiene veinte metros de ancho y veintiséis de alto. En lo alto, el escudo de Clemente XII esculpido por Paolo Benaglia; en la balaustrada, las cuatro estatuas simbolizan las cuatro estaciones y son obra de los escultores Corsini, Ludovisi, Pincellotti y Queirolo. En el centro, sobre un carro en forma de concha tirado por dos caballos marinos guiados por dos tritones, se yergue majestuosa la estatua que representa al Océano. Todo el grupo fue esculpido en mármol por Pietro Bracci; a los lados, en las hornacinas, se encuentran «la Salubridad», a la derecha, y «la Abundancia», a la izquierda, obra de Filippo Valle. Sobre las dos esculturas, los bajorrelieves, obra de Giovan Battista Grossi y de Andrea Bergondi, recuerdan la leyenda de Agripa aprobando el proyecto del acueducto y la de la doncella que indica los manantiales a los soldados sedientos. El gran pilón, construido al nivel de la calle, simboliza el mar, y es aquí donde los turistas arrojan la moneda para desearse un feliz regreso a la Ciudad Eterna. La leyenda cuenta que, para impedir la vista de las obras a un barbero excesivamente crítico, el arquitecto Salvi hizo colocar un grande y pesadísimo jarrón de travertino, en irónica imitación del recipiente para el jabón, justo delante de la tienda de este. En el lado izquierdo exterior puede verse «la fuentecilla de los Enamorados», un sencillo pilón rectangular que recibe agua de un pequeño caño. Se dice que los enamorados que beben aquí nunca se traicionarán.
Fuentes de la plaza de San Pedro
Gian Lorenzo Bernini, por encargo de Alejandro VII Chigi, construyó la famosa columnata de la plaza, trasladó la fuente existente de Maderno, construida en posición asimétrica respecto tanto a la fachada de la basílica como al obelisco, y para hacer pareja construyó una segunda, que se inauguró en junio de 1677. La más antigua lleva en los lados mayores el escudo de Pablo V Borghese, que hizo restaurar la fuente; la otra tiene el escudo con seis estrellas de Clemente X, bajo cuyo pontificado se concluyeron las obras. De la taza superior salen siete surtidores que deberían alcanzar ocho metros de altura. En aquella época las dos fuentes consumían unos seis millones de litros al día; ahora están dotadas de un dispositivo que permite reciclar el agua.