Pinturicchio — Libreria Piccolomini, Catedral de Siena
En los umbrales del siglo XVI, a Bernardino di Betto, conocido como el «Pinturicchio», se le encomendaba la tarea de pintar al fresco la Librería de la catedral de Siena.
El comitente era el cardenal Francesco Piccolomini Todeschini, futuro Pío III, quien quería, con aquella obra, rendir homenaje a la memoria de su tío, Enea Silvio Piccolomini, después papa Pío II.
En el centro de la Librería el cardenal había destinado el mármol de las Tres Gracias, copia romana de un original helenístico. Quería transformar aquella sala en una glorificación de Enea Silvio, humanista refinadísimo, sumo poeta, gran diplomático y, por último, gran papa.
El contrato entre el cardenal y el Pinturicchio se firmó el 29 de junio de 1502, lleno de cláusulas en las que el pintor se comprometía a no aceptar otros trabajos hasta el final de la obra en cuestión.
Se ha comprobado después que el Pinturicchio, en los primeros meses de 1503, se encontraba todavía en Perugia, ocupado quizá en esbozar los primeros dibujos destinados a la Librería sienesa, donde parece que recibió una fuerte influencia del entonces joven Rafael Sanzio.
Entretanto, sus discípulos, Matteo Balducci da Fontignano, Eusebio da San Giorgio y Giovanni di Francesco Ciambella, conocido como el «Fantasia», habían empezado a decorar la bóveda, siguiendo los dibujos del Maestro y la voluntad del comitente, con escenas mitológicas y figuras en actitudes a menudo poco castas. Este hecho, sin embargo, no podía ni debía ser motivo de escándalo, puesto que la Librería no estaba destinada a ningún tipo de servicio de culto, circunstancia que dejaban clara también, y sobre todo, la presencia de la estatua de las Tres Gracias y la función de la Librería, destinada a reunir las obras maestras de la literatura clásica, de la que Enea Silvio fue un gran admirador.
El 21 de septiembre de 1503, Francesco se convertía en papa, el 8 de octubre era coronado y el 18, de ese mismo mes, moriva.
Tras la muerte del papa, el Pinturicchio se consideró automáticamente desligado de todas las cláusulas y, de hecho, durante todo 1504 no puso mano en la obra. Los trabajos se reanudaron en 1505, gracias a un nuevo contrato, firmado esta vez con el hermano del Pontífice, Andrea Piccolomini. Este le encargó una escena más, no prevista en el proyecto original, la Coronación pontificia de Pío III, que corona el frente de mármol de la Librería. Este fresco, el primero en pintarse, muestra ya las ideas principales de la obra, pero no ha cosechado mucho éxito. La escena superior, donde se representa al Pontífice entre los dos cardenales, es bastante monótona y carente de inspiración creativa, mientras que solo en la parte inferior se encuentran algunos motivos y algunas figuras dignos de mayor interés.
El interior de la Librería ofrece al espectador un espectáculo inolvidable. Muchos han sido los que, al entrar en la Librería, han intentado describir aquel ambiente, impregnado de tal luminosidad y de tal riqueza de colores, que resulta incomparable.
Pinturicchio, de hecho, logra describir la vida y las vicisitudes de Enea Silvio Piccolomini, representándolas con los colores de un cuento hermoso y mágico.
Pero esta prerrogativa suya no lo ha protegido, desde luego, de las críticas que se han sucedido a lo largo de los años.
Se pasa, de hecho, de los fuertes entusiasmos de los antiguos visitantes, que, hoy es seguro, estaban fuertemente sugestionados por la convicción de que en las pinturas había participado el joven Rafael, a las excesivas e injustas condenas de la crítica reciente.
Pese a todo, incluso los críticos más severos han percibido un encanto particular que emana de aquella sala en la que el Pinturicchio realizó su última gran empresa.
A este respecto es justo recordar a Berenson, quien, aunque clasificó esta obra como tardía y como uno de los peores ejemplos de la pintura umbra de principios del siglo XVI, tuvo que admitir que los frescos poseen un «encanto innegable». Según Berenson, esto se debe probablemente a la perfecta distribución arquitectónico-decorativa, capaz de hacer el ambiente tan aireado y tan claramente articulado que deja al espectador asombrado.
También al analizar las historias de Pío II se advierte una notable participación de los ayudantes antes citados, pero, en comparación con el techo, quizá gracias a una mayor coordinación, se aprecia una gran unidad de conjunto.
Es esencial reflexionar también sobre cómo el Pinturicchio, de manera genial, resuelve esta obra, que trata un tema decididamente árido, monótono, carente de posibilidades fantasiosas, de motivos pintorescos y románticos. La obra, de hecho, está constituida por una serie de representaciones de ceremonias oficiales entre acaudalados personajes, carentes de todo atractivo.
Con todo, el Pinturicchio, obligado a trabajar con los comitentes siempre a sus espaldas, dispuestos a defender en cada ocasión el honor de su gran antepasado, y sin poder permitirse extravagancias particulares, se sintió a gusto llevando a cabo aquella obra tediosa, aprovechando al máximo su fantasía e introduciendo siempre en las pinturas motivos estimulantes y dignos de interés: elegantes pajes, espléndidos jovencitos, casi como para compensar la ausencia de la gracia y la frivolidad femeninas, motivos no consentidos en aquel contexto, y, sobre todo, los espléndidos paisajes en los que insertó las aburridas ceremonias. Los paisajes creados por su fantasía están formados por golfos verdiazules en los que irrumpen navíos, grandes plazas enriquecidas con aireados pórticos, cielos azules y límpidos, adornados con patos y halcones, altísimos álamos y cipreses e incluso palmeras de Oriente.
A este respecto, es preciso señalar que casi todos estos espléndidos fondos paisajísticos, en las historias de los Piccolomini, fueron ejecutados directamente por el Pinturicchio, sin la ayuda de sus colaboradores; además, en gran parte de los frescos destacan los accesorios de los personajes representados: calzados, damascos, sedas, brocados, que adquieren, bajo el pincel del Maestro, un aspecto sorprendentemente natural, gracias sobre todo al uso de colores intensos y vivos que, uno junto a otro, parecen dar vida a composiciones florales.
Se puede, pues, concluir esta breve introducción a la obra de la Libreria Piccolomini afirmando que, pese a todos los defectos que la crítica ha puesto de relieve a lo largo de los años, es casi imposible encontrar otra obra de aquel período, e incluso del propio Pinturicchio, que presente tal calidad imaginativa, una riqueza de color tan intensa y una inventiva tan grande en el desarrollo de una historia profana.
Hay que aclarar, no obstante, que para comprenderla y apreciarla plenamente, es necesario desligarla de las obras del Perugino, de Rafael y de los grandes ciclos del Renacimiento, y considerarla, más bien, la última gran obra realizada en la estela del gusto gótico tardío.
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